—Pinto el caso—añadió don Elías, satisfecho con la atención que le consagraba su oyente:—la Galusa[2], esa mujerona que tiene en casa tantos años hace, desde dos ó tres antes que él enviudara de aquella infeliz que valía más que pesaba; y lenguas hay que afirman si ciertos disgustos, emparentados con la sirvienta, tuvieron ó no parte en la viudez. Pero eso, á Dios que lo sabe: el caso es que desde entonces y á creer á las gentes... y lo que á la vista está, esa mujer es la que raja y corta y manda ahí, por encima de la pobre Inés y del mismo Berrugo, que no se deja mandar de Poncio Pilatos. ¿Es esto algo, Pedro Juan? Pues con ser tanto, no vale dos cominos en comparación de lo que ha de verse luégo; porque ya anda, como quien dice, llamando á la portalada, si es que no está mucho más adentro. ¡Eso ha de ser de órdago! ¡El castigo de los castigos!... De manera, hijo, que si la venganza puede consolarte de los agravios ó de los perjuicios que en esa casa se te hayan hecho, vete consolándote ya, porque venganza has de tener, y pronta y bien cumplida.

Ni por esas se pintaba el menor signo de curiosidad en la cara del oyente, ni pronunciaba su boca una palabra. Don Elías no se creyó desairado por tan poca cosa; y después de una pausa no muy larga, comenzó á echar el resto de este modo:

—Ya que tanto te pica la curiosidad, y es muy natural que te pique, voy á contarte lo que hay sobre el particular que te anuncio... á condición, por supuesto, de que han de caer mis palabras como en un pozo: ya sabes que no me gusta murmurar de nadie, y no quiero que mañana se diga, sin fundamento ni razón, que me meto en vidas ajenas... Y sábete ahora que de donde le ha de venir al Berrugo el golpe en la misma nuca, es de Marcones... ¿No conoces tú á Marcones el de Lumiacos, de donde es también la Galusa? Bueno: pues Marcones es sobrino carnal de ella, hijo de una hermana casada allí, y bien cargada de familia, por más señas. Este Marcos, ó Marcones, como le llaman las gentes de acá y de allá, por lo grandote que es, desde muchacho tomó en aborrecimiento las labranzas de su casa, propias y en renta, que de todo había allí... cuando había algo, porque á la fecha de hoy, hijo del alma, si no es á préstamo ó en aparcería... requiescat in pace. Volviendo á Marcos, has de saberte que buscando un modo de ganarse la puchera sin quebrantarse los lomos, discurrió estudiar para cura, después de darle el de su lugar medio curso de latín, y de levantarle el falso testimonio de que entraba por él como dedo por la sortija. ¡Bueno estaba el cura para enseñar á nadie lo que no sabía él! Á todo esto, el Marcones era díscolo, rebeldote y soez, como un demonio; y armaba en casa cada catacumba porque tardaban en cumplirle el gusto de irse al seminario, que tiritaba San Pedro... Y aquí es donde se cree que empezó la Galusa á poner en contribución á su amo para suplir lo que no podía dar el pobre padre, ni aun deshaciéndose de lo mejor que tenía y con perjuicio de sus demás hijos. El asunto es que Marcones fué al seminario bien provisto de todo, y que se estuvo por allá dos años. Al cabo de ellos volvió á Lumiacos á pasar unas vacaciones, gordote como un tocino, casi cerrado de barba y empleando más los ojos en mirar á las buenas mozas que en leer los libros sagrados; porque, amigo, el corpazo aquél no se domaba sólo con latines, y Marcones no se apuraba mucho por contrariarle. En esto se le antojó una muchacha de buen ver y mejor hacienda, que conoció en Piñales yendo á la romería de San Pablo; y tira de acá, tira de allá, golpe por aquí y golpe por el otro lado, ella se fué reblandeciendo, porque al fin era hembra; él no se acordaba de los libros de la carrera más que de las nubes de antaño, y la cosa hubiera ido adelante si no la huele á tiempo el padre de la muchacha y la casa con otro más de su gusto, que se presentó de la noche á la mañana. Este golpe descompuso á Marcos, que era y es un saco de iras y rencores; pero como el perdido no era negocio que podía enderezarse con palabrotas fuertes y espumarajos de rabia, mientras le salía otro acomodo con puchera segura, vistióse otra vez el balandrán y se volvió al seminario. Cerca de otros dos años se aguantó en él, sabe Dios cómo, y á expensas de su tía, ó lo que es lo mismo, del Berrugo, que ponía el grito en el cielo á cada sangría que le arrimaba la mujerona esa, pero que al fin pagaba. Lo que tenía que suceder, sucedió. Marcones no podía con la media sotana, porque las carnazas le pedían cosa muy diferente; y un día, bien fuera porque se hartó de aquella cárcel, bien porque le echaran de ella, ó por los dos motivos juntos, pero nunca por las falsedades que él refirió, tomó el trote para Lumiacos, y desde Lumiacos se plantó aquí y tuvo una encerrona larga con su tía. Da aquella encerrona salió amasado lo que después sucedió y lo que está sucediendo á la hora presente, y lo que sucederá en el día de mañana, ó séase que, con el pretexto de ser amoroso sobrino de su tía y muy agradecido á los favores de su amo, dió en entrar en esta casa á menudo, pero con intención bien hecha de ir acercándose á Inés y obligándola poco á poco con la ayuda de la culebrona. Podría el Berrugo conocerlo ó podría no. De cualquier modo, allí estaba la que mandaba en todos para obligarle á que anduvieran las cosas al gusto de ella. Si el Berrugo ha caído en la cuenta de lo que pasa, ó si cayendo entra con todas, no se sabe á punto fijo, como no se sabe tampoco si la pobre Inés ha mirado con buenos ojos á Marcones; pero lo cierto de toda verdad es que no pudiendo Marcones, por el bien parecer, entrar en esa casa tan á menudo como á él le conviene, tomándose por disculpa lo poco diestra que está Inés en primeras letras, ha comenzado él, ó comenzará de un momento á otro, á darle una lección cada día, á propuesta de la culebrona y con consentimiento de todos los demás. La cosa es hecha, como se ve, porque lo que no alcance Marcones de por sí solo, lo alcanzará su tía, que es más sierpe que la del Paraíso terrenal. En casándose Marcones con Inés, que es á lo que se tira, Marcones le buscará el gato al Berrugo, que le tiene bien gordo, ¡pero gordísimo! y dará con él, por escondido que se halle... ¡y figúrate tú, Pedro Juan; figúratelo, si puedes, qué es lo que sucederá con ese gato en tales uñas!... Te digo, Pedro Juan, que aquel día arde esa casa con el Berrugo adentro... si es que no arde también el lugar de punta á punta, con un vecino de las entrañas de Marcones ahito de posibles... Conque ¿te vas enterando? ¿Te parece flojo el lío? ¿Piensas que es cosa de cuidado lo que tiene ya encima de su alma ese sujeto, para martirio propio y consuelo de desplumados por él?

Pedro Juan se encogió de hombros por toda respuesta á estas preguntas y por único comentario á la historia precedente, que de seguro le había parecido demasiado larga y poco interesante, porque su círculo de ideas y de relaciones era limitadísimo.

Sospechándolo por las señales, don Elías quiso rematar su obra con los siguientes pespuntes:

—Por supuesto que yo te entero de esas cosas, tan sabidas de memoria aquí hasta por los chicos de la escuela, porque á tí, metido en tu ría y en las mieses de Las Pozas, maldito si, fuera de Pilara, te importa lo de este barrio dos cominos. Y es bueno saber de todo.

—¡Pilara!... ¡Coles!—exclamó Pedro Juan desperezándose, como si saliera de pronto de una modorra.—¿Y usté qué sabe de eso, don Elías?

—¡Pues no se te conoce que digamos!... ¡y como también tiene la moza pelos en la lengua, gracias á Dios!...

—Pos qué, ¿lo corre ella mesma, don Elías?

—Vaya, vaya: lo que tú buscas es que yo te regale las orejas; pero no estoy de humor de ello. Anda con Dios, que ya es tarde... y punto en boca sobre lo que has oído de la mía.