Y con esto y un golpecito sobre el hombro de Pedro Juan, se despidió de él don Elías y enderezó los pasos hacia su casa.

El Josco, olvidado ya de su escena con el Berrugo y saboreando á su modo el dicho de don Elías sobre los dichos de Pilara, continuó su camino hacia abajo; y en cuanto columbró la casa de la mocetona, echó una relinchada de las más resonantes; y eso que era muy poco dado á estruendos de ninguna especie... Pero como nadie le veía, y además no dejaba de estar contento...

Muy cerca ya del corral, echó otra tan repicoteada como la anterior. Anduvo un poco más y miró hacia el portal. No había nadie allí, y la casa estaba cerrada y en silencio, como todas las del barrio. De pronto oyó un ligero ruido y notó que se abría la ventana de la cocina que caía al soportal.

—¡Coles... si creo que es Pilara que se asoma!—exclamó espantado como si le hubiera salido el lobo en mitad de la calleja.—¿Y qué la digo yo á estas horas y pico á pico los dos solos, si me arrimo allá?... ¡Sí, espérate un poco!...

Y apretó á correr hacia abajo, tapándose las orejas para no oir los carraspeos de la persona que estaba asomada á la ventana. Después le sucedió lo de siempre: que se lamentó de la ocasión desaprovechada, y se avergonzó de su encogimiento, y se denostó á sí mismo con las mayores injurias y los más duros improperios.


IV

«ESE HOMBRE»