—¡Vaya si puedes!—dijo Pilara, con las manos sobre las caderas y revolviendo el cuerpo á uno y otro lado sobre los pies, inmóviles como dos lingotes de hierro, atornillados en las tablas. (Se tuteaban las dos desde niñas, aunque Pilara tenía tres años más que Inés.) En seguida añadió sin pararse en barras:—Pos yo y Pedro Juan, en concierto, queremos que seas tú la madrina del casorio... Ya ves, á ná compromete ello, si no es á un poco de molestia...

Á lo que respondió Inés que, por su parte, no había inconveniente alguno.

—¿Temes, quizaes, que le haiga por la de tu padre?—la preguntó entonces Pilara.

—Por si acaso le hubiera—respondió Inés,—tengo que consultar con él antes de comprometerme. Ya te avisaré lo que resulte, después de hablarle hoy mismo.

Quedaron conformes; y Pilara, que no era más ligera de visitas que de mole, charló con Inés largamente de sus cosas y proyectos. Estaba «prendá, prendaona de too, del venturao de Pedro Juan.» Pedro Juan era pobre, tan pobre como las ánimas benditas que estaban en cueros vivos; pero en Pedro Juan, desnudo y sin una mozá de tierra propia, había un caudal de nobleza, de trabajo y de rebustez. Era una peña con alma de oro, y «auta pa los imposibles.» Bien lo sabían en casa de ella, cuando tanto la alababan el gusto de estimarle y «la lealtá y la pacencia con que había esperao tanto tiempo á que él rompiera la cortedá.» Otros podían tener cuatro carrucos de tierra que manipular, y una choza propia en que meterse; ¿pero de qué valía todo ello, si llevaban contra sí, «al mesmo tiempo, la consomición de este vicio ó de la otra deficultá?» En casa de Pedro Juan no había más que lo justo para el avío de dos hombres, «poco arreparones y mal amañaos;» pero ella no saldría de la suya «con los brazos colgando y á la ventura de Dios. Llevaría una buena cama, con su mullida y buenas ropas; tres sillas de torno; una caldera de cobre; un arca de pino atestá de equipaje; uno de la vista baja, á medio criar, y una novilla de quince meses, sin contar los trampantojos que se la jueran arrimando de acá y de allá.» Era la única hija de su padre; su padre lo tenía, y le daban eso por ahora, porque así lo querían también los demás. Si mañana faltara Juan Pedro, «que sería el hombre más honrao de toa la cristiandá si no viviera Pedro Juan, que lo era tanto como él,» se vería lo más conveniente: si seguir los dos en Las Pozas, ó subirse á la casa de la Iglesia, en que tenía ella una cuarta parte. No la gustaba «el un oficio de Pedro Juan, por lo arriesgao que era;» y por eso solo se alegraría de subirle al barrio para quitarle la tentación del agua salada, y hacerle que se conformara con ser solamente labrador, aunque de este modo sacara menos provecho que de los dos oficios juntos; además, que había que mirar también por el cuerpo, que no era de hierro «pa traele, como le traía el enfeliz, hecho una estorneja, hoy en el regadío de la mar, y mañana en el secano de la tierra...»

De pronto dejó Pilara sus asuntos propios, y saltó á los de la escuchante.

—¿Y qué me cuentas del caballero del día de San Roque?—la dijo cruzando los brazos, que casi se perdían de vista, con lo rollizos que eran, debajo del pecho, y mirándola con la cabeza algo entornada.

Lo mismo que la grana se le puso la cara á Inés al verse acometida de improviso con esta pregunta.

—Pues ¿qué he de contarte?—respondió, no muy á punto ni con gran firmeza.—Nada que no sepas tú.

—¡Vaya—continuó Pilara sin hacer más caso de los colores de Inés que de su respuesta,—que campaba de firme, empingorotao allá arriba, ajunto al altar mayor! ¡De firme que campaba con su cadena relumbrante, su pechera blanca, su etelaje de gran señor... y hasta con aquellos pinchos debajo de las narices, mujer! ¡Andando que le caían guapamente esos amenículos allí! Pos dígote que se despepitaban las gentes por saber quién era, y naide lo sabía, hasta que por la tarde se plantifica en la romería contigo... Me gustó aquello, ¿qué quieres que te diga?... Me gustó de veras; y tamién te digo que en jamás de los tiempos ví pareja mejor apareá... Y no creas que jué ocurrencia mía solamente; que el que más y el que menos de los que vos vieron, pensaron lo mesmo que yo. Á muchos oí decir, como me decía yo á mí mesma: «Nacíos paecen el uno pa el otro.» Y era la verdá pura, ¡ja, ja, ja, ja!