Retembló el cuarto con la risotada de la mocetona; la cual, sin fijarse más que la otra vez en que Inés volvía á ponerse muy colorada, continuó diciendo:

—¡Mujer! y luégo salimos, á las tantas de la tarde que golvió don Elías por allí y lo cernió, en un dos por tres, á too bicho viviente, con que el caballero relumbrante jué primero un muchachuco de Nubloso... ¡Alabao sea el Señor por siempre! ¡Quién había de magináselo? Pos mira, mos alegramos de sabelo; que si es tan poderoso como cuentan, más vale que lo deje por acá, que angunos se locirán con ello; porque la moneda, polvo viene á ser que se esparce; y quien se alcuentra con algo de él encima de la ropa, eso sale ganando... Y ¿sabes qué te digo tamién al respetive, y á más de cuatro se lo oí lo mesmo en la romería aquella tarde? Pos dígote que, por muchas inflas que tenga el piripuesto ese, y por muchas que sean las tierras y las gentes que haiga visto y pueda ver, no alcontrará pa mujer propia un acomodo que tan pintámente le caiga, como tú... Andando, Inés; y no te sefoque el dicho, que es el avangelio; y güeno es ser homilde, pero no tanto como tú, que ya te pasas, con ser quien eres y valer lo que vales... Y con esto me voy, que bastante poste te he dao esta tarde. Ya me avisarás de eso otro, ¿verdá?... Curriente. De padrino no hay ná hasta la presente: es cosa de ellos. Conque me marcho; y si no lo tomas á mal, te daré un beso por despedía... Me sale el antojo de acá: créemelo.

Puso de muy buena gana Inés la mejilla izquierda tan alta como pudo; bajó Pilara más de medio palmo la cabeza, y ¡chaas! ¡chaas! Igual estrépito que si se hubiera rasgado en tres tiras media sábana casera.

Fuése Pilara al cabo; habló Inés á su padre sobre lo que aquélla deseaba; accedió á ello el Berrugo, á condición de que no le costara dinero el favor; llegó la noche, y amaneció el nuevo día, y fueron corriendo las horas de él; y por aquella portalada no entró más persona extraña á la casa que el Lebrato.

La comisión que éste llevaba era para don Baltasar. Comenzó por referirle «el particular» del casamiento de su hijo, casi en los mismos términos que Pilara á Inés, con idénticas reflexiones y con las propias noticias sobre lo que llevaba la novia al domicilio conyugal, y lo que esperaba para el día de mañana. El Berrugo no halló pero que poner ni al relato, ni á las reflexiones, ni á las noticias. Nada le pedían, nada le costaba: al contrario, salía ganando en el bodorrio aquél un elemento que daría gran prosperidad á su casería de Las Pozas. No se lo dijo así al Lebrato; pero le alabó el gusto de su hijo y le ponderó el acierto de todos en arreglar las bodas cuanto antes. ¡Como que había dado permiso á Inés, que se le había pedido, para ser madrina de ellas!

Estimó Juan Pedro el favor en todo lo que valía, y animóse á exponer la pretensión que él llevaba por su parte. Por demás sabía «el señor don Baltasar» que una casa como la de Las Pozas no estaba en disposición de recibir de golpe y porrazo á la mujer que había de establecerse allí como reina y señora de ella.

Cierto que Pilara traería lo más preciso para el avío y comodidad del matrimonio; pero esto mismo le obligaba á él, al Lebrato, á hacer mayor esfuerzo para arrimar algo de su parte. Pedro Juan no tenía más que lo puesto y la muda para los domingos: había que echarle, por lo corto, un vestido flamante y su calzado correspondiente; y después, ¿qué menos que un par de camisas nuevas?... Pues «el timineje del negocio,» aunque la boda fuera en la casa de arriba, sus gastos traía también á la de abajo; que no había de salir todo el desgaste de una sola piedra, «ni sería bien vista la gorroná, dao que la hobiese, ni la consentiría él, que conocía lo que obliga al hombre de bien el agasajo de otro.» La casa misma pedía su gasto correspondiente: un poco de blanqueo; «dos escobás siquiera» había que dar al cuarto de ellos; y el llar de la cocina no podía dejarse como estaba, sin una baldosa entera... En fin, que había gastos, y no pocos, que hacer por parte de Juan Pedro con motivo de la boda de su hijo. El no quería ni necesitaba ponerse colorado delante de nadie para pedirle á préstamo un puñado de pesetas, porque sabía dónde y cómo ganarlas honradamente. Dentro de pocos días, en cuanto apuntara septiembre, empezarían su hijo y él la campaña de la ostra. Sacándoselo al cuerpo sin caridad, bien podía atenderse á este recurso de día, y por la noche al de la pesca del durdo y del anguilo, mar afuera. La brega sería ruda; pero cuando el caso lo reclama, «mentira paece la correa que da un hombre avezao á la probeza.» En suma, el favor que le pedía «al señor don Baltasar,» era que, por aquella vez sola, le dejara libres los productos de la campaña, sin que le reclamara «en el San Martín» la parte acostumbrada de ellos para aminorar la deuda pendiente. Las rentas por todo lo demás, no le faltarían á su hora y punto debidos.

El Berrugo, después de oir al Lebrato en silencio, pero no sosegado, porque tan pronto se rascaba la barbilla ó se pasaba la mano abierta por la cara ó pescaba mosquitos en el aire, como golpeaba el suelo con el mango del rozón que tenía en la otra mano, consideró, ante todo, que el favor solicitado no era de los que costaban dinero, es decir, dinero sacado de su bolsa. Tratábase sólo de no cobrar, por entonces, un piquillo que cuanto más se retrasara en poder del deudor, tanto más iría engordando en provecho de un acreedor tan diestro saca-cuentas como él... Por otra parte, no estaba muy seguro de no necesitar el día menos pensado á Juan Pedro para cierto negocio que le traía á mal traer. Podía, pues, y debía echárselas de rumboso impunemente en aquel trance, y se las echó.

Aunque no duraron mucho estas meditaciones, al Lebrato le parecieron muy largas, y temía lo peor al ver el afán con que el Berrugo se rascaba la barbilla con una mano y golpeaba el suelo con el rozón que agarraba la otra.

De pronto le dió don Baltasar en las espinillas con el mango del instrumento aquél; le encaró, de un empellón, hacia la calle, y le dijo: —Al último, harás de mí hasta ochavos morunos, si te empeñas en ello. Ya estás servido... y andando; y cuéntale el cuento al sinvergüenza que te diga que no soy blando de corazón.