Y no ocurrió más de extraordinario en la casona de Robleces, hasta el otro día en que, al fin, se metió por la portalada el indiano de Nubloso.
El Berrugo andaba trasteando en el estragal, y allí le recibió, con muy buena cara por cierto.
—¡Hola, hola!—le dijo en cuanto le vió, pero sin dejar de hacer lo que hacía.—¿Se viene á cumplir la palabra, eh?
—Hay de todo, señor don Baltasar—respondió el indiano muy afable,—porque vengo á verlos á ustedes y á ofrecerles de nuevo mis respetos; pero no á tratar del punto consabido que tenemos pendiente usted y yo. En esto falto á la palabra que le empeñé al despedirme el día de San Roque; y falto con toda intención, porque quiero invertir el poco tiempo que traigo disponible, en lo primero, que es cosa mucho más agradable para mí.
—Ciertamente que no corre prisa, por mi parte, ese asunto, y no seré yo quien se le meta á usted por los ojos... Y con franqueza, si lo que quiere á la presente es conversación, yo no puedo dársela en un buen rato, porque tengo mucho que hacer por aquí; pero no faltará quien se la dé, si le es igual una que otra. Arriba está Inés, que debe de tener el tiempo muy de sobra y le recibirá, si quiere usted subir y descansar un poco.
—¡Oh, señor don Baltasar!—repuso el indiano muy risueño,—siempre me da usted en su casa muchísimo más de lo que vengo buscando...
—Yo soy así, hombre—dijo al punto don Baltasar mientras colgaba un dalle de la viga del techo; y en seguida, arrimándose al hueco de la escalera y haciendo embudo sobre la boca con las manos, gritó:—¡Inés!... ¡Inés!... ¡Allá va este... sujeto del otro día!... Suba usted, suba usted, sin ceremonia—añadió volviéndose hacia el indiano;—suba usted, que ella le enseñará el camino. Yo subiré en cuanto despache aquí abajo.
Tomás Quicanes no iba tan majo como el día de San Roque. Nada de levita negra, ni de pechera con brillantes, ni de botinas de charol: un terno gris, de americana; calzado amarillo de suela recia; hongo obscuro, corbata clara y cuello bajo y blanquísimo, como los puños; pero con este traje sencillo, holgado, de buen corte y de esmerada hechura, valía doble que con el otro el buen sobrino del difunto Mayorazgo de Robleces. Lo mismo opinó Inés en cuanto le atisbó desde la sala al asomar él por la portalada; y eso que la inexperta hija de don Baltasar no pudo estimar el día de San Roque lo que había de cursi en el aparatoso atalaje, cargado de relumbrones, del caballero del altar mayor. Y no sólo le encontró mejor mozo así, sino más «tratable,» más... de carne y hueso; en fin, menos temible para un apuro como «el del otro día,» si llegaba el caso.
Es de advertirse, por si fué malicia de la neófita en intrigas de aquella especie, que al entrar el indiano en la corralada, Inés cosía á la parte de adentro del balcón, y que al llegar á la sala acompañándole desde el carrejo, la sillita y los avíos de costura estaban á la parte de afuera, es decir, en la misma solana y delante de la puerta. Ello fué que el indiano, al verlos donde los veía, no quiso aceptar la silla que, muy de cumplido, le ofreció Inés en la sala.
—¡De ningún modo!—la dijo.—Por las señales, estaba usted trabajando allí; y como yo no soy de cumplido ni quiero que mi visita la sirva á usted de molestia, se la haré á usted en la solana, si me lo permite.