—Como á usted le guste más,—respondió Inés dirigiéndose al balcón.

Otras dos observaciones por lo que valgan: Inés apartó la silla y los cachivaches, como si les estorbaran el paso, y los colocó á un lado y á muy buena distancia de la puerta; y el visitante había visto, al asomar al carrejo, entre la penumbra de las inmediaciones, vagar una silueta antipática, que era la de la Galusa.

¿Huían los dos, visitante y visitada, de una misma contingencia desagradable, al resistirse el uno á hacer la visita en la sala, y al estar tan bien dispuesta la otra para recibirla en lo más escondido del balcón? Lo que no tiene duda es que en aquel sitio, deparado por la casualidad ó elegido por la malicia, se podía echar un párrafo, no alzando mucho la voz, sin que nadie se enterara de él, ni tampoco de la mímica que le acompañara, como no fueran los pajaritos del aire; porque por el pedazo de calleja que desde allí se descubría, no pasaban cuatro transeúntes, y esos muy distraídos y torpotes, en toda una tarde de Dios.

Yo me inclino á lo de la malicia, y de parte de entrambos; porque también es indudable que, al comenzar la visita, ya se apuntó en cada uno de ellos el mismo afán de llegar cuanto antes con la conversación á un paradero indudablemente preconcebido.

Duraron poco, muy poco, en boca del visitante, y eso que no dejaba de ser socorrido de conversación, esos preliminares de rúbrica en tales casos, emparentados siempre, más de cerca ó más de lejos, con las evoluciones meteorológicas, con el sistema de vida diaria y con otras materias así; en seguida se plantó, retrocediendo de un salto, en el día de San Roque, «de feliz y perdurable memoria para él.»

Con esto solo, ya comenzó á aletear y revolverse algo en los adentros de Inés, y se le pusieron á la pobre los carrillitos como la misma grana; y porque hizo un alto en la conversación el otro, y por creer y temer ella quizás que de un nuevo salto de ideas se le largara Dios sabía adónde, corta y novicia como era, se atrevió á tenerle á raya preguntándole, sin dejar de coser, pero sin saber lo que cosía:

—¿Ha comenzado usted á tratar abajo con mi padre de ese asunto?

Por los hondos, aunque, en apariencia, lejanos enlaces que tenía esta cuestión con la que á ella la interesaba tanto, la había sugerido su buen instinto la idea de sacarla á relucir para los fines que se proponía; pero fué inútil la precaución, porque no pensaba el indiano en huir del terreno en que se había metido de un salto y de muy buena gana.

—¿Y qué asunto es ese?—preguntó él á su vez, haciéndose el ignorante, para tomar aquel nuevo camino que también guiaba al paradero deseado.

—El que prometió usted tratar con mi padre al despedirse en la romería, en la primera visita que le hiciera. Creo yo que será el de la compra de esta casa.