Y se sonreía la picaruela, como si no le creyera ya capaz de ello.
Sonrióse también el otro, y la dijo en seguida, tejiendo y destejiendo entre los dedos de ambas manos la cadena de su reló:
—Ese asunto se quedará sin ventilar por ahora, porque se me ha puesto por medio otro que me interesa bastante más: el de cierto huertuco... ¿Se acuerda usted?
¡Vaya si se acordaba! Pero lo negó sin maldita la conciencia; por lo cual tuvo el otro que volver sobre lo tratado en la romería de San Roque, sabiendo que se le engañaba descaradamente en aquella negativa, pero aceptando con gusto el engaño para desenvolver más á sus anchas la metáfora, algo cursi, como todas las metáforas de todos los enamorados de este mundo, del huertuco montañés y de la rosa colorada.
Ya estaba, pues, la gran cuestión en pie, y ya dudaba Inés si seguir cosiendo ó si dejarlo: si no cosía, no sabía qué hacer de las manos ni de los ojos; y si cosía, se pinchaba; y cosiendo ó no cosiendo, le andaban unas cosas por todo el cuerpo y delante de la vista, y le subían unos calores y sentía tales ruidos en las sienes, que no podía parar ni sosegar un punto. ¡Y se estaba todavía al principio de una historia de la que conocía ella hasta la penúltima página! ¿Qué sería cuando llegara el momento de aclararse el único punto que quedó sin aclarar en la romería? ¿Cuando se la dijera terminantemente quién era «la de Robleces?» Pero ¿llegaría á decirlo él? Y si no lo decía, ¿por qué la atormentaba sacando á relucir de nuevo la misma historia?
¡Aprensiones disculpables en un espíritu abierto, noble y generosamente, á las primeras llamadas del corazón, como las rosas de la metáfora al calor de los rayos solares! Puede que resulte también algo cursi esta otra metáfora que tomo del montón de las corrientes; pero no hallo otra de mejor arte ni más al caso, y por eso me valgo de ella para venir á parar á que, con todo el miedo que tenía Inés al final de la historia, se le hacía mucho lo que tardaba en llegar á él el relatante, y hasta temía que no llegara nunca.
En lo cual se equivocaba grandemente; porque el indiano, aunque contando los pasos y gozándose en la contemplación del terreno que exploraba al mismo tiempo, llegó y llegó bien; y llegando, resultó, y así se lo dijo á Inés, claro, muy claro, aunque le temblaba un poco la voz al decírselo, que «la de Robleces» era ella; ella, que en pocas horas se había hecho dueña y señora de su corazón y de su vida, y más que por la hermosura de su cuerpo, que era singular, por la nobleza y sublime candidez de su alma, que no tenía precio.
Todo esto oyó Inés sin morirse, como lo temía desde lejos. Algo la pasó, es verdad, que le pareció el fin de la vida; pero no por las ansias ni los dolores ni el desconsuelo, sino por lo dulce, por lo agradable y, sobre todo, por lo extraño; de manera que, más que muerte, era aquello la terminación de una existencia insulsa, y el comienzo de otra mucho más placentera y amable.
Y todo esto leyó y fué saboreando codicioso, detalle por detalle, el afortunado galán, en el mirar turbado, en el respirar anhelante y en el casto y dulcísimo abandono de todo su sér, con que la pobre novicia, sin voz ni energía en su garganta para responder con palabras, reveló claramente las tempestades de su pecho.