Sucedió después una cosa bien extraña. Á fuerza de contemplar embebecido á Inés, acabó el singular enamorado por mirarla, más que como triunfador satisfecho de su hazaña, como temerario que lamenta, con honrado corazón, el estrago irremediable de una ligereza. En seguida, como para intentar una prueba en que deseara ser vencido, tomó, suave y cariñosamente, una mano de Inés entre las suyas, y la preguntó sin dejar de contemplarla:

—¿Sería usted capaz de hacer un sacrificio por mí?

—Hasta el de la vida,—respondió temblando Inés, no con palabras, sino en una mirada que se fué alzando poco á poco hasta difundirse en la amorosa y á la vez compasiva del otro.

El cual, entendiendo bien la respuesta, añadió:

—Pues la voy á pedir el único con que no contaría usted entre todos los que puede haberse imaginado: que guarde, como en el secreto de la confesión, lo que acaba de pasar entre nosotros... hasta que yo la diga cuándo es la hora de publicarlo á voces. Le pido á usted esto, que sólo por pedirlo yo en tal ocasión ha de parecerle sacrificio, y bien extraño, por el amor que siento por usted, y delante de Dios la juro que es verdadero y grande. Hemos de hablar á menudo de estas cosas, y todo se aclarará cuando se deba.

Se levantó momentos después; se despidió «hasta luégo» con todos los miramientos, entusiasmos y delicadezas que el caso requería; y sin que el Berrugo pareciera por allí ni por las inmediaciones, fuése.

Inés recibió su última despedida desde la portalada, y cayó en seguida, transfigurada y absorta, en las honduras de su pensamiento, que era un volcán; y todo, todo lo creyó posible, menos que aquel hombre fuera capaz de engañarla.