XXV

ANALES DE TRES SEMANAS

No siempre halló el indiano de Nubloso igual comodidad que aquella tarde para hablar con Inés á sus anchas, ni, en rigor de verdad, me atrevo á afirmar que estos inconvenientes le contrariaran poco ni mucho; porque es de saberse que «la cosa bien extraña» que sucedió al acabarse la visita historiada más atrás, continuaba siendo misterio, y misterio bien mortificante, para Inés, por culpa de aquel hombre empecatado que huía de toda ocasión en que pudiera verse obligado á levantar siquiera la punta del velo misterioso. Pero no por eso faltaban el tiempo necesario ni lugar á propósito para decir él lo que quería y necesitaba decir, aunque no fuera, ni con mucho, cuanto deseaba saber ella, ni dejó de seguir su marcha devoradora el fuego amoroso en que parecían estar ardiendo los dos.

Á la tercera visita, ya se tuteaban; y deshechos con esta llaneza en el trato los estorbos que el ceremonioso «usted» opone á la franqueza de la expresión, aun en caracteres más resueltos y adestrados que el de Inés, la máquina de las ideas de ésta, aquella máquina que para ponerse en franco y seguro movimiento tuvo bastante con el impulso casual y rudimentario de una mano tan torpe como la del grosero seminarista, al calor de los afectos nuevamente adquiridos y con el estímulo de su comunicación frecuente con los del hombre que se los había infundido, tomó de repente unos vuelos maravillosos. ¡Entonces sí que estaba desconocida! Como en idénticos casos la había sucedido ya, no pudiendo, por su ignorancia é inexperiencia, extender á lo ancho la labor de sus investigaciones, las hizo á lo hondo, con la fuerza y la luz de su inteligencia clarísima; y la cuenta le salió aún mejor así, porque ahondar se necesitaba, y no otra cosa, para dar con el filón que ella iba buscando. Y ahondando, ahondando con el análisis de sí propia y el de la conexión íntima que «debía haber» entre su modo de sentir y el modo de sentir del otro, aunque llamando las cosas á su manera, llegó con los razonamientos á un punto de cordura y de fortaleza tales, que pusieron en graves apuros al receloso y asombrado galán. Para ser un poco atrevida, además de esto, le sobró con el ansia, que la devoraba, de aclarar el enigma que la servía de tormento á todas horas, y la amargaba las dulzuras de aquella pasión que ella consideraba como un don inmerecido de Dios.

Pero ¿por qué había de haber esa nube negra en un cielo tan limpio, tan puro, tan lleno de luz, como el de sus recién forjadas ilusiones? Y si bastaba un soplo de él para deshacerla, ¿por qué no soplaba? Y entre tanto, aquella nube podía ir extendiéndose y espesando y cubriéndolo todo, hasta el mismo sol; y entonces ¡Virgen María! no quería pensar en ello. Era imposible que las cosas llegaran á un extremo tan espantoso. «¡La nube! ¡el misterio!» ¿De qué se trataba, al fin y al cabo? De que ella no revelara á nadie lo que estaba pasando entre los dos. Sin necesidad del encargo, hubiera quedado el secreto guardado en lo más hondo de su corazón, mientras lo guardado «no diera más de sí.» Pero ¿por qué se le hacía el encargo? Aquí estaba la malicia. ¿Era un pecado lo sucedido? ¡Imposible! Y si no lo era, ¿por qué tenía él tanto empeño en que no se descubriera? Podía haber en este empeño un fin de casta más noble que la del misterio que á ella la alarmaba; por ejemplo: el de probar su fe ó su discreción, atormentando un poco su curiosidad; pero en este caso, ¿por qué andaba él tan preocupado, tan receloso, tan vacilante? Esto, esto solo era lo grave, lo extraño. Á veces la asaltaban recelos espantosos. ¿Habría otra mujer en alguna parte del mundo, que pudiera pedirle cuentas de «lo que estaba pasando entre los dos?...» ¿Estaría...? ¡Qué enormidad! Eso, honradamente, no podía imaginarse: no cabía en lo posible. De todas suertes, la tentación de sospecharlo solamente, la arrastraba á considerar si no habría pecado ella de ligereza al entregarse tan pronto, tan irreflexivamente y tan confiada, á una pasión así, inspirada por un hombre de cuya lealtad no tenía otras pruebas que las de su palabra, que podía muy bien no ser honrada... Tampoco era posible esto; también caía fuera de los límites que la perversidad humana tenía, en el concepto inexperimentado y naturalmente bondadoso de Inés... De cualquier modo, ella no comprendía aquella reserva sospechosa que tan malos ratos la daba y no podían pasar inadvertidos para él. ¡De qué distinto modo se conduciría ella en el caso contrario! Sin haber ocurrido, y sólo por el placer desinteresado de confiarle hasta el último secreto de su conciencia de mujer y de enamorada, le había referido la historia de la resurrección de su espíritu, con todos sus pormenores; y lejos de intimidarse al sacar á relucir los graves episodios de la explosión amorosa de su profesor, los relató con especial parsimonia, porque hasta se recreaba en traer con ellos á la memoria lo abominables qué le parecieron en cuanto pudo considerarlos con serenidad; amén de que, cotejando y comparando tiempos con tiempos, hombre con hombre y sentimientos con sentimientos, los que le había infundido el absorto escuchante adquirían doblada consistencia y mayor intensidad. ¡Y él, que, con trabajo menos escrupuloso, podía proporcionarla á ella un placer más regalado, la dejaba penar y consumirse entre dudas y confusiones! ¡Qué mal hecho estaba eso! ¡Ah! si ella fuera un poco más atrevida ó un poco menos compasiva y tolerante, ¡cuántas veces le hubiera puesto, con una pregunta, en la necesidad de descubrirla el misterio!... ¿Qué harían las demás mujeres en casos parecidos al suyo? Porque ella no sabía nada, nada absolutamente, en materia de amores, sino lo que había leído en las novelejas prestadas por Marcos, y lo que estaba observando en sí misma, lo cual no se parecía en lo más mínimo á lo que ocurría en las novelas.

Entre tanto, la situación de las cosas, en general, no podía ser más embarazosa para todos allí. Su padre, aunque parecía andar siempre á su cuento y no reparar en nada, veía con el rabillo del ojo cuanto pasaba á su alrededor, por lo menos desde que entraba tan de continuo en la casa el indiano de Nubloso. Un día la dijo deteniéndola en lo más obscuro del carrejo, como por casualidad:

—Mujer, ¿sabes tú lo que anda buscando por aquí ese sujeto?

Inés comprendió desde luégo á qué sujeto se refería su padre, y se puso roja y sofocada; pero, por fortuna, no se veía la mano delante en aquel esófago tenebroso, ni se vió, por consiguiente, la turbación con que respondió para salir del paso:

—Á mí nada me ha dicho.