Tosió el hombre, y se marchó golpeando el suelo con algo que llevaba en la mano.

Otro día se encaró con ella á la puerta de la sala; y como si replicara á la respuesta que se le había dado en lo más obscuro del carrejo días atrás, dijo esto solo y sin mirar á su hija de frente:

—Pues á mí tampoco me ha dicho una mala palabra hasta la hora en que estamos, sobre lo que desea y busca por aquí... Y no quisiera tomarle yo la delantera para preguntárselo... ¡Y, cuidado, que motivos no faltan ya!...

Y se fué.

Esta nueva embestida puso á Inés en el colmo de la angustia; porque lo que su boca no decía sobre lo que la estaba pasando, lo publicaban á gritos su raro y nuevo modo de ser, y las idas y venidas del otro, desconcertado y receloso, y sus apartes con él. ¡Y era tonto y ciego don Baltasar para no caer en la cuenta de lo que tan á la vista estaba! ¡Y era, mudo, gracias á Dios, para no explicarse á las claras con el otro, si llegaba á «tomarle la delantera!»

Pues ¿y la Galusa? ¡Válgame Dios, cómo rastreaba por escondrijos y rincones la pista del «fregado indecente,» en cuanto asomaba el tunante por las puertas de la casa! ¡Qué zumbar el suyo mientras iba y venía, como moscardón aprisionado, y qué zaherir con indirectas envenenadas á la pobre Inés, cada vez que se topaba con ella, ó la veía, medio alelada, torpe y desmañada, acercarse á todo para no hacer luégo cosa con cosa! ¡Qué aborrecimiento la tenía y qué poco le disimulaba! ¡Y ella conociéndolo todo, y hasta que había razones aparentes para mucho de ello, y no pudiendo desplegar los labios para defenderse en lo defendible, ni siquiera para decirle á él: «habla tú, que con una palabra puedes hacer que se concluya pronto, y todo esto!»

Y aún fueron más allá los conflictos de la pobre muchacha. Días andando, y en uno de labor, al ir ella á misa, porque las oía muy á menudo, especialmente desde el de San Roque, la esperaba don Alejo paseándose en el portal de la iglesia, de levita y con bonete.

—Vaya, Inesuca—la dijo,—aquí te cojo y aquí te mato; y te cojo, porque te esperaba; y te esperaba, porque, si no te cojo aquí y antes de misa, no te cojo en ninguna parte. ¿Estás? Bueno; pues ahora te advierto qué no se trata de robarte la mantilla, ni de sacarte ninguna tira del pellejo. Esto te lo digo para que te cures del susto que te ha hecho perder de repente los colores de la cara. ¡Valiente foragido soy yo para dar disgustos á nadie, y menos á tí, corderuca de Dios!... En fin, que se trata de que me consume una curiosidad, y de que quiero que tú me saques de ella. ¿Querrás?

De algunos días á aquella parte, todos los ruidos le sonaban á Inés de un mismo modo, y todos los golpes iban á parar á su dedo malo. Por esta triste experiencia, barruntó que lo que pensaba preguntarla don Alejo tenía que ver, por más acá ó por más allá, con lo que «á ella la estaba pasando.» Y dicho y hecho.

Apenas prometió al cura complacerle, si le era posible, en lo que la pedía, cátale metido de hoz y de coz en el asunto, de la siguiente manera: