—Pues has de saberte que el día de San Roque, al anochecer, supe que aquel caballero tan majo que oyó la misa en el altar mayor y tanto me había llamado la atención, resultó ser Tomasín; Tomás Quicanes, el sobrinuco huérfano del Mayorazgo, que vivía con él y me ayudaba las misas con una inteligencia, una gracia y una compostura, que me daban gloria. Te aseguro que no lo quise creer cuando don Elías fué á mi casa á contármelo y á hacerse lenguas de lo campechano que era y de lo mucho que sabía; y no lo quise creer, porque tras de no haberle yo sacado en la iglesia por la pinta, cosa que, bien mirada, no tenía nada de particular, me parecía mentira que hallándose en Robleces y tan cerca de mí ese caballerete tan espetado, no hubiera corrido á darme un abrazo y á decirme: «aquí tiene usted, con barbas ya y cargado de perendengues, á Tomasín Quicanes, el sacristanuco tan querido de usted.» Algo me explicó don Elías de las intenciones del tal sobre el caso, y de las buenas ausencias que había hecho de mí entre él y vosotros aquella tarde; pero, vamos, no me conformaba con eso. Á los pocos días ya vino él en persona á verme á mi casa... por supuesto, después de haber estado en la tuya... ¡Bah!... ¡y se me pone coloradita, lo mismo que si ello fuera un pecado! Á ver si se te bajan esos colores y me escuchas como es debido... Pues, señor, que vino; que se me dió á conocer, y que le conocí hasta en el modo de mirar y en cada una de las facciones de su cara; y que pasé con él, hasta que empezaba á cerrar la noche, el rato más agradable que creo haber pasado en todos los días de mi vida. ¡Qué guapo está, qué bien habla, qué cariñoso es y qué finamente siente y observa y compara lo que aquí dejó, lo que halla al volver... y qué sé yo qué otro tanto más! El arrastrado de él, de recién llegado á la Habana me escribió algunas veces; pero después lo fué dejando, dejando... ¡Y si vieras, Inesuca, qué majamente me pintó él este modo de ir olvidándose, no de mí, sino de escribirme de vez en cuando! ¡Qué fantasía de chico! Daban ganas de decirle que se volviera á marchar para dejar de escribirme, por sólo el gusto de oirle disculparse á la vuelta. Extrañándome yo de estas cosas, le pregunté sobre el particular; y supe, con el contento que puedes suponerte, que había gastado más de la mitad de lo que había ido ganando en sus negocios, en instruirse y en despabilarse, aunque despabilado lo fué él siempre de suyo... y esta opinión es cosa mía; que había cultivado más el trato de las personas letradas, que el de las adineradas; que tenía hasta pasión por los buenos libros; que había viajado mucho... en fin, que no acabaría yo, Inesuca, si te fuera relatando lo que entonces le oí, lo que le he podido sacar después acá; porque te advierto que rara es la visita que te hace á tí... digo, que os hace á vosotros, sin que antes ó después no me haga á mí otra; y lo que de todo ello he ido coligiendo yo á mi manera, aunque lego... ¿Te vas enterando, Inesuca?
¡Si se iba enterando Inés! Sin perder punto ni coma, y con una codicia de ello, que bien se pintaba en sus ojos radiantes de luz y de regocijo.
—Me entero,—respondió, sonriéndose, á la pregunta del cura.
—¡Pues podías no!—replicó éste; y añadió en seguida:—Y ahora va lo bueno, quiero decir, el golpe con que te amenacé al cogerte aquí. Córrese entre las gentes, que Tomasuco el de Nubloso, con haber rodado tanto mundo, no ha podido hallar en todo él lo que, cuando menos se esperaba, tuvo la suerte de encontrar en Robleces; ó séase, hablando claro, una mujer que le llene por entero para casarse con ella y acabar la vida, en santa paz los dos, en la tierruca. Gran pensamiento... y gran ojo, sobre todo; porque resulta, también según los dichos de las gentes, que esta mujer, Inesuca, eres tú... ¿Es verdad eso? Pues cata el golpe que te prometí, y venga la respuesta; pero tal como yo la deseo... Te advierto de antemano que el sujeto ese no me ha dicho nada de por sí, aunque no tiene boca bastante para ponderarte cuando de tí me habla; y cuenta también que esto ocurre en cada visita que me hace.
Inés recibió «el golpe» de don Alejo con mayor serenidad de lo que esperaba, y pudo responder á él con gran firmeza; porque la última noticia, y la única desagradable de cuantas le había dado de carretilla el buen señor, le ofrecía una salida de soslayo, que era al mismo tiempo la verdad fiel de lo que estaba sintiendo; y la salida fué la siguiente:
—Pues si él no le ha dicho á usted una palabra de eso, ¿qué quiere usted que le diga yo?
—Eso no es responderme á derechas, Inesuca,—añadió don Alejo algo contrariado.
—Pues le juro á usted—repuso ella muy serenamente, como que juraba verdad,—que no le puedo decir otra cosa.
Se quedó con esto algo suspenso el cura, y la dijo en seguida:
—Te creo, porque basta que así me lo afirmes aunque no me lo juraras; pero te aseguro que lo siento como si hubiera perdido algo de á cuanto... Pues, mira, Inesuca—añadió de pronto con gran encarecimiento,—si no hay nada de lo dicho, debiera haberlo. Las gentes tienen razón. Voz del pueblo, voz de Dios. Marcones te lo hubiera entonado en latín, por pintar la cigüeña; yo te lo digo en castellano neto para que me entiendas mejor. Y ahora, hija mía, dame palabra de que, si llega á suceder algo de lo supuesto, no se lo dirás á nadie fuera de tu casa antes que á mí; perdona el plante que te he dado, y quédate bendita de Dios, como yo te bendigo, por lo buena que eres, que me voy á decirte la misa.