¡Oh, qué tentaciones tan fuertes tuvo Inés entonces de detener á don Alejo para decirle que quería confesarse con él! ¡Qué mejor confidente, qué mejor consejero que aquel santo varón, para confiarle, en el secreto del confesonario, una tribulación como la suya? Y en ello no faltaría á su compromiso empeñado. Como en el secreto de la confesión estaba obligada á guardar «lo que había pasado entre los dos,» y así quedaría guardado, confiándoselo, como penitente, á su confesor.

Pero mientras dudaba, se perdió la oportunidad, y con ello se calmaron las tentaciones. Entró en la iglesia, y á poco empezó la misa. ¡Con qué fervor la oyó, y con qué fe le pidió á la Virgen que la amparara en el trance en que se veía!

Después se encontró más fortalecida; y al volver á casa pensando en todo lo que don Alejo la había dicho, sólo quería acordarse de lo mucho bueno que le había contado de él. Así le veía ella más engrandecido á sus ojos; y así quería verle, «porque él no podía ser de otra manera.»

Y, entre tanto, y como si tratara de desmentirla con su comportamiento, ni en todo aquel día ni en los dos que le siguieron, apareció por Robleces el indiano de Nubloso.


XXVI

LA PUCHERA DEL LEBRATO