El «negocio de la ostra» le tenía el Lebrato á la puerta de casa, como quien dice; y por «llanuco y hacedero de por sí,» no era cosa para quebrantar huesos tan duros como los suyos y los de Pedro Juan. Plantarse con la chalana en la primera revuelta y la más grande de las dos de la ría, á la bajamar; fondearse allí, ó no fondearse, sobre la misma canal; una especie de rastrillo de hierro, de púas fuertes, largas y algo encorvadas, con mango de palo: un instrumento así para cada uno, y á sacar con él cantos sueltos del fondo; cantos que, según la suerte soplara, unas veces salían en blanco, y otras veces más ó menos sarpullidos de ostras de todos tamaños; arrancar las grandes, dejar las de cría, y volver el canto al agua. Y al sol. No tenía ni tiene más intríngulis la explotación de aquel rico ostrero natural. La venta era siempre segura y pronta, porque andaban los especuladores disputándose la mercancía para revenderla á escape en los quintos infiernos. El oficio, pues, no tenía otras quiebras que los fríos y las celliscas de los meses invernales. Había en ellos horas de chuparse un hombre las uñas amoratadas, y de quedársele el cuerpo entumecido, y helada la saliva en la boca. Pero de estos días no abundaban; y en la ocasión de que se trata, mucho menos. Comenzaba septiembre, primer mes de erre después de la veda del verano; el tiempo al nordeste, claro, suave y noble como él solo, y «pa largo» por las trazas, y el trabajo se hacía en mangas de camisa; de modo que más que fatiga, resultaba entretenimiento agradable. Porque no era sola la chalana del Lebrato la que andaba á la ostra allí, aunque podía, y en buena ley debiera serlo, por no haber en el pueblo otro matriculado que él; pero ya se ha dicho que Juan Pedro no era hombre de usar de sus privilegios en perjuicio de nadie, y toleraba la media docena larga de chalanas que acompañaban en el ostrero á la suya; y hasta se alegraba de ello, porque, de ese modo, el campechano pescador no cerraba boca, y era la escuadrilla un hervidero de conversaciones, que tenían que oir.
Como el tiempo estaba tan hermoso, no se conformó con aquel solo recurso, que no dejaba de rendirle su buen por qué; y según se lo había anunciado «al señor don Baltasar,» teniendo la barquía bien recorrida y preparada, probó de noche «á lo de afuera;» ¡y esto sí que ya era harina de otro costal! Solamente el viaje hasta la barra, era trabajo de hora y media de rema incesante. Por el primer tramo, es decir, por lo que se podía llamar valle de la ría, menos mal: era ir como á cielo abierto, con anchos horizontes de Sur á Oeste, y en toda aquella línea, á no ser la noche brumosa y cerrada, siempre había celajes luminosos que alegraban la vista y entonaban un poco el ánimo; pero por el segundo tramo, desenvuelto en curvas desorientadas y caprichosas, con sus taludes altísimos y casi á plomo, como una hoz abierta entre montañas, ya era más triste la boga. No había otra luz que la que sacaban las palas de los remos, en gotas fosforescentes, al remover el agua, ni más cielo que el que se veía por entre los dos bordes de la rendija aquélla. El chapoteo que de esta faena resultaba, muy á menudo repercutía y se multiplicaba en las cuencas de los peñascos coronados por una greña de carrascas y zarzales, cuya espesura hacía la obscuridad mucho más negra de lo que era. Algunas veces se oía un ligero chasquido no lejos de la barquía, como el que produciría una pedrezuela arrojada en el agua: era el salto de un muble de un rebaño de los que volvían á la mar con la vaciante; y hasta este leve sonido hallaba eco que le repitiera y le propagara. Ni el Lebrato ni su hijo hablaban en todo aquel trayecto otras palabras que las puramente precisas: la solemnidad pavorosa de la naturaleza se impone á los espíritus más valientes y despreocupados; donde quiera que el hombre se ve gusano por la fuerza del contraste, allí se esconde ó se arrastra tímido y silencioso, como si realmente lo fuera. Es muy común la observación, y muy exacta, de que cesan de repente las conversaciones de todos los viajeros de un tren cuando éste atraviesa un túnel. Se ve gusano mísero allí. Y es de advertir también, que los miedos de esta clase son de los que no se vencen con la costumbre de sentirlos. Pedro Juan y su padre conocían aquel trayecto, que habían recorrido cien veces, lo mismo á pleno sol que entre tinieblas, como los caminos de su barrio; y, sin embargo, nunca le pasaban de noche, hacia la mar, sin verse dominados por aquel sentimiento que no tenían ellos por medroso, y que en el fondo lo era. Distingo el viaje «hacia la mar,» porque cuando, de vuelta de ella, recorrían el mismo esófago negro, sin ser mucho más locuaces se sentían más animosos; lo cual prueba que si el paso es triste é imponente de noche por sí mismo, lo es todavía en más alto grado como camino de una región mucho más pavorosa y de mayores riesgos de muerte.
Volviendo al asunto y dejando á un lado enojosas filosofías, digo que remando sin cesar los dos hombres y adelantando la barquía entre espesas tinieblas y fantásticos ruidos, llegaba á percibirse el de la mar, que, por dormida que esté, siempre sueña lo bastante recio sobre los duros cabezales de la costa, para que la sientan los más torpes de oído, durante el silencio y la quietud de la noche. El espacio se iba también ensanchando, aunque no aclarándose, delante de la pobre embarcación; comenzaba ésta, que hasta entonces se había deslizado como por encima de un cristal, á cabecear lentamente; avanzaba otro buen tramo; se acentuaban más los ruidos de la mar y también los cabeceos; aparecía por la proa, á la vista de los remeros, la masa de espesas sombras interrumpida en un espacio que para un ojo inexperto se abarcaba con los brazos extendidos... y aquel espacio era la barra, la boca del puerto; se bogaba un poco más; descubríanse la cabeza y rezaban fervorosamente un credo el Lebrato y su hijo; y como conocían aquella puerta tenebrosa lo mismo que la puerta de su casa, la enfilaban diestramente... y ya estaban en la mar: una línea negra, negrísima hacia tierra: la costa; y otra enfrente, pero lejos, muy lejos, un poco más fina y algo más clara: el horizonte. En derredor de la barquía, un breve espacio ondulante y con intermitencias fosforescentes.
En medio de esta obscuridad, había que buscar en las peñas de la costa ciertas cuevas que deja al descubierto la marea cuando baja; y no habían de ser las primeras que se descubrieran á la casualidad acercándose á los peñascos, sino las cuevas tales y cuales; porque el pescado en cuya busca iban el Lebrato y su hijo á aquellas horas, tiene sus preferencias de refugio, muy marcadas, y sólo en esos refugios, y no en otros muy parecidos, hay que buscarle.
Los pescadores los conocían perfectamente, y los tenían bien registrados uno por uno en la memoria; y aunque á obscuras, ó casi casi, sin titubear un instante, iban explorándolos todos, atracando la barquía hasta la misma boca de la sima, ó, cuando menos, á la peña en que estuviere. Una vez allí, se hundía en el pozo, que había dejado lleno la marea, un palo, de la largura necesaria para alcanzar hasta el fondo con un anzuelo que llevaba á la punta, fijo en un reñal muy corto; y si había anguilo adentro, es decir, congrio pequeño, iba al cebo traidor, le mordía y fuera con él. Y para todo esto, mucho silencio y ni chispa de claridad. Si el estado de la mar no permitía acercar la embarcación á la costa, se apartaba de ella cosa de una milla, y se probaba fortuna calando allí un aparejo de cordel, de muchas brazas. Pero siempre á obscuras. Si no se trababa congrio, se trababa un durdo regular, ó una mojarra de buen tamaño; y allá salía la cuenta, cuando mordían; porque si daban en no morder, ni mojarra, ni durdo, ni anguilo, ni nada; y noche y trabajo perdidos.
Y esto al comenzar la temporada de otoño, que, si venía noble, era un verano que daba gusto; pero en la de primavera (la mejor de las dos para el anguilo, por la abundancia y por la clase), con sus destemplanzas repentinas, con la crudeza de sus borrascas... ¡ya te quiero un cuento! ¡Qué noches había pasado el Lebrato en esas rudas campañas! ¡Qué riesgos había corrido, y de qué apuros le había sacado la divina Providencia!
Porque es de saberse que antes de tener un hijo, primero muchacho animoso y decidido, y después mozo robusto y fuerte, hacía él solo la tarea de los dos; solo se iba en su barquía, y solo se pasaba en la mar la mayor parte de la noche, registrando cuevas con el palo, ó calando el aparejo á larga distancia de la costa; solo iba también de día á la dorada, al barbo, ó á la lobina grande; y lo mismo le daba quedarse de la barra para dentro, si mordía algo de á cuanto, que salir de la barra para fuera en caso contrario. No tenían cuenta sus zambullidas en la mar, por desborregarse á obscuras entre las rocas; pasaban de seis sus embestidas á la barra, á media vela y á la desesperada, por haberle sorprendido otros tantos temporales afuera; y en ninguno de éstos ni de otros lances parecidos, llegó á faltarle la serenidad, ni se marcó en su frente una arruga más de las que de ordinario tenía. Por dentro le andaría la procesión; pero sutil había de ser de ojo el que se la descubriera mirándole de arriba á abajo.
Sólo una vez en su vida, confesado por él, llegó, no á perder la serenidad, sino á tener miedo y á sentir que le temblaban las carnes, y no de frío. Fué aquél un lance espantoso, y aconteció tres años antes de la ocasión en que el lector tuvo el gusto de conocerle. Le acompañaba Pedro Juan aquella noche terrible; y á la pena que le daba el considerar el peligro que estaba corriendo su hijo, atribuía él mucha parte de la angustia que le andaba por adentro. Las cuevas estaban dando «su buen por qué» en aquella campaña de primavera, y la tentación de la ganancia segura cegaba demasiado el buen ojo del Lebrato para distinguir tiempos de tiempos. Los que entonces reinaban, pecaban más de crudos que de bonancibles, y lo que era peor, pecaban de locos. Tan pronto dormían como danzaban. Ello fué que aquella noche habló Pedro Juan cerca de la barra, para decirle que sería mejor volverse desde allí, porque no le gustaba el rute de la mar, y la noche era negra como boca de lobo; pero el Lebrato, echando á broma el asunto con su jovialidad de carácter, «Jala pa lante—le contestó,—que piores las hemos corrío.»—Y el barquichuelo salió á la mar, que aunque no rompía en la costa, tenía «los demonios adentro,» en concepto de Pedro Juan. En el de su padre, la barquía podía atracarse á las cuevas, sin pizca de riesgo; y se atracó á la primera. Era la bajamar muy honda, porque las mareas eran vivas, y la cueva había quedado, aunque no muy alta, lo suficiente para que no se pudiera maniobrar en el pozo desde la barquía. Saltaron los dos al peñasco, en una de cuyas grietas atascó el Josco el rizón del barquichuelo para dejarle amarrado. Se registró bien la cueva con los palos, y prendieron dos congrios; y como la mina no daba más, pasaron á la inmediata: cosa de diez ó doce brazas más al Este, y cuestión de pisar firme y con los pies descalzos en las puntas salientes de abajo, y de ayudarse, cuando se podía, en las de arriba con las manos. El escabroso camino era curvo además, en sentido horizontal, y la cueva se hallaba en un esconce del gran peñasco, y, como si dijéramos, á espaldas de la otra. Bregando allí largo rato, porque la cueva, como aseguraba Juan Pedro, «lo tenía, pero no quería darlo,» Pedro Juan notó que el rute de la mar iba creciendo á lo lejos; que la resaca batía más que antes debajo de sus pies, y pensó, muy cuerdamente, que cuando tal ocurría en aquel rincón al socaire, peor debía de andar la cosa hacia la otra cueva, que tenía la cara al vendaval. Debió de caer el Lebrato en las mismas aprensiones que su hijo, y al mismo tiempo; porque suspendió de pronto los tanteos que hacía en el pozo, y dijo á Pedro Juan: «Vámonos pa la barquía, y á escape.» Se vieron mal, muy mal, para llegar hasta allá, porque rompía ya la mar en los desquiciados peñascones que les servían de camino; el aire, cargado de lluvia, arreciaba por instantes; la obscuridad, aunque pareciera imposible, se había ennegrecido más todavía, y á aquel sendero le faltaba bastante para ser un camino real. El primero que llegó fué el Lebrato; pero el anuncio de su llegada á Pedro Juan fué una exclamación, de tal sonido, que heló la sangre en las venas del valiente mozo. La mar había hecho astillas ó se había llevado la barquía, porque allí no quedaba más señal de ella que el rizón atascado en la grieta del peñasco. No podía darse situación más desamparada y pavorosa que aquélla, para dos hombres, por valientes que fueran, como lo eran ellos. La marea comenzando á subir; la mar embraveciéndose por momentos; el viento y la lluvia arreciando; las asperezas de dos rocas puntiagudas, para apoyar los pies desnudos; el brocal, digámoslo así, del pozo aquél, ó para mayor exactitud de la comparación, la mandíbula inferior de aquella boca abierta, para sentarse y economizar algo las fuerzas y aguantar mejor las salpicaduras de la rompiente y los embates del viento... y eso, solamente hasta que la mar, que subía, los echara de allí, ó se los tragara, que era lo más probable, lo casi seguro. Porque ¿en dónde hallaban otro refugio, si detrás de ellos no había más que un peñasco altísimo, y aunque no enteramente á plomo ni limpio de hendiduras y asperezas, bien marcadas en la memoria del Lebrato, se necesitaban la agilidad y la ligereza del mono y toda la luz y la calma de un mediodía de julio, para intentar, con un poco de fe en el buen éxito, una escapada por allí? ¡Cómo intentar ellos ese milagro, entre tinieblas espesas, azotados por la lluvia y el viento, viejo y débil ya el uno, y mal conocedor del horrible camino el otro?
Pues le intentaron, por no tener más remedio.
—Tú eres hombre de fe, Pedro Juan, hijo mío—comenzó por decirle su padre, después de meditar un poco sobre la situación en que los dos se hallaban, con aquella serenidad de espíritu jamás turbada.—Pues porque lo eres, quiero que te agarres á ella, como yo me agarro á la mía, pa sacar fuerzas de onde no tenemos las bastantes pa salir de este apuro por el único camino que hay. Podremos llegar ú no llegar á puerto. Si me hallara solo, puede que pensara que no; pero la pena que me da verte tan mozo y tan noble... y por sola la culpa mía en este riesgo tan grande, me deja muchas esperanzas de que hemos de llegar. De toas suertes, hay que escoger entre tomar ese camino ó dejarse tragar aquí por la marea brava, como montón de zaramá... y no es de duda el caso, á mi modo de ver.