Explicóle en seguida su proyecto, con cuantas señas pudo darle del camino; oyóle Pedro Juan, que no chistaba ni se movía, como si fuera un pedazo más de aquella roca; aprobó la idea con una sacudida del cuerpo, que quería significar «ya estamos andando;» y volvió á decirle su padre:

—Así me gustan los hombres, Pedro Juan: en los apuros gordos, poca palabra y mucho corazón... Vamos parriba, hijo mío, cuanto primero... Yo voy delante de tí, porque conozco mejor la escalera: onde yo pise y me agarre, pisa y agárrate tú, si es que lo ves en noche tan oscura. Por si acaso no, vente bien cercuca de mí... Y oye tamién: pa que el camino te resulte más entretenío, y hasta más llano, vete rezando de corazón y ajustando de memoria las cuentas pendientes que puedas tener allá arriba, que no serán grandes, á mi ver; y por sí ó por no, y por si nos quedamos á medio camino, pídele á Dios que te eche este trabajo en el platillo de los méritos; y puede que con ello solo te resulte lo bastante pa saldar en ganancias al finiquito... Pero, al mesmo tiempo, no dejes de agarrarte bien á la peña. Así lo pienso yo hacer, y démonos un abrazo por lo que pueda ocurrir...

Abrazáronse, y concluyó el animoso Lebrato:

—Ahora ¡á ello, y que el Señor nos ampare!

Y empezó aquella ascensión tremenda, inverosímil, en que cada paso de avance, á tientas, bajo la fría cellisca que á la vez que entumecía los miembros de los dos infelices, hacía más resbaladizo el peñasco, les costaba minutos de reflexión y nuevos pasos de retroceso, ó hacia los lados para tomar nuevo rumbo, mugiendo el abismo á sus pies y no viendo por delante otra cosa que la negrura de la mole que iban escalando y parecía no tener fin. La gran esperanza del Lebrato estaba en llegar á una ancha grieta que debía de haber en el último tercio del peñasco, más tendida que las que iban siguiendo á gatas. Allí se podría tomar un respiro, y acaso esperar á que amaneciera el nuevo día; pero las fuerzas iban faltándole, le sangraban las manos y los pies despellejados por los dientes de la peña, y temía á cada instante desalentar á su hijo con el ejemplo de sus desfallecimientos. Con las fuerzas de su abnegación de padre, más que con las de su cuerpo desmayado, avanzó otro poco; pero con tan mala suerte, que se le resbalaron los pies; y á no encontrar inmediatamente apoyo en la cabeza de Pedro Juan, que le seguía muy de cerca, tras de los pies hubiera ido el Lebrato entero y verdadero sin parar hasta el abismo, que seguía bramando á más y mejor.

Conoció el Josco de dónde venía el golpe, y dijo al sentirle, con igual frescura que si hablara en la socarreña de su casa, bien descansado y á subio:

—¡Ya podía avisar, coles!

—¡No te amilanes por eso, hijo del alma!—le gritó el padre.—Fué que se me desborregaron los pies. Tú tente firme, que á mí, ánimos y fuerzas me sobran, gracias á Dios.

—Pos mire—replicó Pedro Juan, agarrado como una lapa y haciendo equilibrios con las piernas de su padre sobre la cabeza;—por si güelve á suceder, mejor será una cosa: si usté se compromete á guiar, yo me comprometo á subile de este modo, y mejor si me pone una pata en cá hombral.

—¡Eso es!—dijo el de arriba como espantado de la ocurrencia del de abajo.—Pa que te despeñes primero, y sólo por sacarme avante á mí.