—Y no se haría más que lo debido... Pero no hay miedo de ello, padre. Yo estoy lo mesmo que cuando escomencé á subir, y usté no pesa más que una pluma. ¡Arriba, padre!
Y así hubo que hacerlo; y así llegaron los dos, en una pieza, hasta donde quería llegar el Lebrato por de pronto. Incómodo, terrible era aquello también; pero aunque mal, se pudo tomar allí un respiro. Según la cuenta del Lebrato, faltarían sobre cinco ó seis varas para llegar á los matos de arriba.
—Eso no es ná—dijo entonces el Josco,—si hay onde jincar las uñas y afirmar un poco los pies.
—No falta de ello—respondió su padre.—Pero ¿no sería mejor aguantase aquí, como pudiéramos, hasta que amanezca Dios? Esto de ver por ónde se anda...
—Dios—dijo el Josco,—no puede habernos dejao llegar hasta aquí, por sólo el gusto de que nos despeñemos de tan alto. Pudo haber acabao con nusotros mucho antes, y no acabó. Á más á más, yo no sé si, viéndolo de día, me aguantará la cabeza lo que debe de verse dende aquí hasta abajo... ¡Arriba, padre!
Cómo, yo no lo sé ni ellos lo supieron bien jamás; pero ello fué que subieron: rotos, desollados, empapados en agua y ateridos de frío, eso sí; pero subieron. Y para que su buena fortuna fuera completa, al otro día apareció la barquía entre dos aguas y metida por la marea, en la playa de San Martín. Rota y bien machacada estaba del costado de estribor; pero todo ello fué cuestión de cuatro tablucas más sobre los muchos remiendos que ya tenía; y á la mar otra vez con sus dueños, como si nada hubiera pasado aquella noche.
Así, y por el estilo, se ganaba ordinariamente la puchera el bueno de Juan Pedro, el Lebrato; y tan alegre y campante como si no hubiere vidas más regalonas en el mundo.
Por eso dije, y repito ahora, que la campaña que emprendió en septiembre con los fines que conocemos, fué toda ella coser y cantar; y tan placentera llegó á ser en la parte dedicada á la pesca de día, por lo bonancible del tiempo y lo socorrido del trabajo, que Juan Pedro se lo advirtió al señor cura, sabiendo lo mucho que á este santo varón le gustaban aquellos recreos de vez en cuando. Y don Alejo, que no deseaba otra cosa, echó cuatro ó cinco canas á la mar, que le rejuvenecieron otros tantos años.
Se divertían mucho con él el Lebrato y Pedro Juan; porque, tras de ser sumamente entendido en el oficio, y de haber hecho grandes valentías ejerciéndole por entretenimiento en su mocedad, era hombre de buenas ocurrencias, y sabía enjaretarles los consejos y los «pedriques» de tal modo, y tan á la llana y entendibles, que «se les metían ellos solos hasta adentro.»
¡Bueno se le echó á Pedro Juan, entre calada y calada á las porredanas y al durdo, á media milla de la costa, la antevíspera de leerle la última proclama de su casamiento! ¡Y bien que le supo al mocetón, no sólo por el valor del «pedrique en sí,» sino por las alabanzas á Pilara en que se le dieron envuelto!