Al desembarcar aquel día junto al corral mismo del Lebrato, porque la marea lo consintió, despidióse don Alejo en estos términos:
—Si el tiempo lo permite, todavía he de echar otra canita á la mar en la primera salida que hagáis después que Pedro Juan se case.
Y luégo, volviéndose hacia su padre, añadió:
—Te digo que no puedo echar de la memoria lo que me has contado de aquel viaje del Berrugo. Pero ¿qué demonio iría buscando ese hombre por allí? ¿Será capaz de haber tomado en serio lo de?... ¡Ave María Purísima!
Á todo esto, el Josco tenía ya su vestido de arriba abajo, sus borceguíes con clavillos, su sombrero hongo y sus dos camisas de repuesto: todo ello nuevo, flamante; y además tenía la promesa de su cuñado, de prestarle la capa para la ceremonia. Se había invertido un celemín de cal viva en blanquear lo que debía blanquearse de la casa, y el Lebrato tenía ya preparados el mortero y las baldosas para sentarlas en el llar de la cocina y dejarle como nuevo. Y con esto, y con estar apalabrado para padrino el médico don Elías, invitado á ello por el Lebrato, que quería dar digna pareja á la madrina escogida por la novia; y por haber ésta mandado ya abajo la cama con sus ropas correspondientes, y la caldera y las sillas; y estando corridas las tres proclamas... y en fin, todo listo y corriente, pusiéronse de acuerdo con el cura los de arriba y los de abajo; y un sábado, el último sábado de septiembre, con un sol esplendoroso en las alturas y mucho rocío en el suelo; las panojas curándose en las mieses; el pelo de la toñá apuntando en las praderas; los graneros muy vacíos y los pajares abarrotados; las vacas para llegar del puerto y las gentes muy desocupadas; Inés triste todavía; el de Nubloso en enigma; el Berrugo muy inquieto; Marcones desesperado en Lumiacos; la Galusa hecha una serpiente; don Elías conmovido y vidrioso con el gran suceso de su padrinazgo y la boda subsiguiente; don Alejo cavilando todavía en el caso del Berrugo, y no poco en su conversación con Inés, unos días antes, en el portal de la iglesia; Quilino carcomiéndose vivo, y el mundo entero, impasible y descuidado, dando volteretas por los aires; un sábado, repito, de esta traza, y el último de septiembre, casáronse Pedro Juan y Pilarona, sin que en la ceremonia ocurriera cosa que el lector no presuma, con excepción de una sola; y fué que al preguntar don Alejo al novio si quería por esposa á Pilara, respondió mirándole con gran extrañeza:
—¡Pos no he de quererla, coles? Eso bien lo sabe ella. Y usté tamién.
La boda se celebró en casa de Pilara; y allá asistió todo el cortejo de la iglesia, menos Inés, que se excusó por no sentirse bien de salud, y creo que era cierta la excusa.
Don Elías fué, durante el festín, un cepillo de nervios electrizados. Repitió la historia de sus quebrantos de fortuna; sostuvo la realidad de las apariciones y la existencia corporal de las brujas; y ya iba á referir el lance de la linterna, cuando entró don Alejo, que había prometido darse por allí una vuelta á última hora, y esto le contuvo. Pero, en cambio, habló el cura con él, cuando se marcharon los dos solos, del viaje del Berrugo á la mar, con sus investigaciones acerca de la cueva del Pirata; y no sé quién se quedó más asombrado, si don Elías cuando oyó esto, enlazándolo en seguida, por detalles y por fecha, con lo ocurrido en su visita á don Baltasar, ó don Alejo cuando el médico, espeluznado, le contó lo que en ella había pasado entre los dos.
—¡Locos, locos de atar entrambos!—exclamaba para sí don Alejo en cuanto se separó de don Elías.
Y casi al mismo tiempo iba pensando éste: