—No hay duda: el indecente ese cogió la pista que yo le dí, y anda detrás del tesoro. ¡Tendría que ver que yo se le pusiera en la mano!
De estos pensamientos le apartó Quilino, que se cruzaba con él en la calleja. Dejó en seguida el médico lo uno por lo otro, como lo tenía de costumbre; y parándose con él, le dijo con apariencias de broma, pero yo creo que con toda seriedad, aludiendo al casamiento de Pilara, después de darle la noticia de que él había sido padrino:
—Un cuidado menos para tí, hombre.
—¡Un cuidao pa mí eso?—respondió Quilino despreciativamente;—¿cuándo lo fué ello, recongrio?
—Pues bien te consumías y despatarrabas por ella poco hace,—replicó don Elías.
—¿Por ella yo, congrio; por ella!—insistió Quilino con la risa del conejo.—Era tó ello pura pamema, señor don Elías: pura pamema. ¿Pa qué quería yo ese telarón, recongrio?... Sólo que yo tenía con el Josco ciertos piques, y le tomaba por ese lao... Por eso me alegro de lo que acaba de ocorrir esta mañana... ¡me alegro, congrio!; porque acabá de una vez la desculpa que yo tenía pa lo otro, sacabó lo demás... Créame usté, don Elías; ¡créame usté, recongrio! ¡ese hombre y yo, tal y como estaban las cosas antes, no cogíamos vivos en el mundo! ¡no cogíamos, recongrio!
Y se fué sin decir más, y en el momento en que don Elías iba á preguntarle por el estado de sus relaciones con el Pinto de Los Castrucos, después de la castaña del día de San Roque por la tarde.