XXVII
LUZ Y TINIEBLAS
Lo que tenía que suceder, sucedió. Tomás Quicanes llegó un día, el cuarto después de la boda de Pilara, á la casona de Robleces. Aquella visita era la segunda que hacía á Inés desde que ésta había hablado con don Alejo en el portal de la iglesia: salía la pobre enamorada á visita por semana. ¡Bien se las iba escatimando el muy desagradecido! Desagradecido precisamente, no; porque si en lo del misterio seguía tan reservado como la primera vez, en lo demás bien dulce, bien expresivo y bien amoroso se mostraba con ella; pero por aquellas inquietudes, por aquel disgusto continuo tan mal disimulado, por aquellas extrañas comezones, y últimamente por aquellas largas ausencias, testimonios visibles de una conciencia intranquila y recelosa, que no eran cosa buena, algún nombre malo merecía.
De esta traza fueron los pensamientos de Inés, cuando aquel día vió entrar en la corralada al hombre que tan buenos y tan malos ratos la hacía pasar. Le pareció más desmejorado que la última vez que le había visto; pero, en cambio, notó que venía con aire más resuelto.
Por si esto era señal de traer algo nuevo que decirla, le esperó en la solana. Y á la solana se encaminó él derechamente, como si fuera cosa convenida entre los dos.
Realmente estaba algo desencajado de semblante, parecía muy animoso y decidido; mas no para cosa buena, porque su mirar, aunque valiente, era triste; y en su voz, de ordinario tan sonora y agradable, había notas ásperas y desacordes.
Sentáronse los dos, y él habló poco, lo menos que pudo, de cosas sin importancia para ninguno de ellos. En seguida dijo á Inés, abordando, como de un salto á ojos cerrados, la conversación que iba dispuesto á entablar con ella:
—No necesito preguntarte, porque demasiado á la vista está, lo que te dará que pensar y que sufrir la extraña conducta que observo contigo, desde que en este mismo sitio que ocupamos ahora, al confiarte los sentimientos que, como por encanto, me habías infundido, me descubriste el fondo de tu alma candorosa y noble, donde me ví ocupando un lugar que yo no merecía. Sobre esto quiero y necesito hablarte, y á eso vengo hoy.
Sintió Inés un hormigueo, frío y cosquilloso al mismo tiempo, que de pronto la invadió de pies á cabeza. Aquello que se la decía era lo mismo que coger la punta del velo para levantarle en seguida y descubrir el misterio mortificador. El temor á la verdad, tras de aquellos preliminares tan sospechosos, comenzaba á espantarla.