Conocióselo el indiano, que no apartaba sus ojos de los de ella; y por martirizarla menos con preparativos ociosos y con atenuaciones inútiles, de otro salto, más á ciegas aún que el anterior, se coló dentro del asunto.
—Escúchame, Inés—la dijo;—y después que me hayas oído, escúpeme, apedréame, arrójame de tu casa, maldíceme... Todo menos esta violencia bochornosa en que vivo, y las angustias que te hago pasar á tí... He estado engañándote inicuamente.
—¡Virgen María!—exclamó al oirlo la candorosa Inés, pálida como la cera, sin voz apenas y temblando como una hoja.
—Te juro—continuó el otro, resuelto á todo ya,—que si hubiera robado ó matado, me costaría menos violencia, en este mismo caso, confesarte esos crímenes, que decirte lo que soy en verdad y lo que he hecho.
Inés, en un impulso instintivo de repugnancia, apartó su silla un buen trecho de la que ocupaba el indiano, y al mismo tiempo le preguntó, mirándole con el asombro y el miedo pintados en sus ojos:
—Pero ¿quién eres entonces?... ¿De dónde has venido?
—Es cierto—la respondió el interpelado, sin quejarse de aquellas manifestaciones de Inés,—que soy Tomás Quicanes, el pobre muchacho de Nubloso embarcado de limosna para América, por su tío el Mayorazgo de Robleces, con el cual viví mucho tiempo en esta misma casa; cierto lo que os conté de mis afanes de veinte años para adquirir dos caudales, el uno de dinero y el otro de instrucción y de cultura; cierto lo de mis viajes, unas veces por la pasión de viajar, y otras por parecerme que la conveniencia de mis negocios me lo pedía; cierto, certísimo, Inés, que lo mismo en la quietud de mi casa que viajando, no se apartaba de mi memoria el dulce recuerdo de la patria querida, con sus campos fragantes y sus montañas altivas, sus risueñas aldeas y sus huertucos floridos; ciertas las impresiones conmovedoras que os dije haber sentido al despertárseme los recuerdos de mi niñez en la iglesia de Robleces y bajo los techos de esta casa; ciertas también las ansias que te pinté, de mi corazón, libre hasta entonces, como el aire y la luz que nos envuelven ahora, por llenar en esta suspirada tierra el vacío que no llenó en otras muy lejanas; y cierto, en fin, el juramento que te hice aquí mismo, y ahora quiero repetirte, poniendo otra vez por testigo á Dios, de haber llenado tú sola ese vacío... Todo esto es cierto, Inés.
—Pues si todo eso es cierto—exclamó Inés, que escuchaba anhelante y parecía ir reviviendo á medida que el otro hablaba,—¿cuál es el pecado por que mereces que yo te apedree?
—Pero yo vine á este pueblo...—añadió Tomás Quicanes, pidiendo á Inés con un ademán y una mirada suplicante, que le permitiera continuar;—yo vine á este pueblo y me presenté en esta casa haciendo una ostentación ridícula... infame, de una riqueza que no tenía, que no tengo... Y en esto engañé al pueblo entero, lo que es una bambollada jandalesca é imperdonable; á tu padre, y esto ya es una maldad; y á tí, sobre todo, Inés; á tí, que si eres incapaz de haberme querido pensando en los caudales con que me suponías, en cambio es imposible que puedas mirar con buenos ojos al hombre que se mete en el pueblo y en tu casa por la puerta de un embuste semejante.
Se engañaba grandemente el indiano engañador en el supuesto; porque Inés, apenas cesó él de hablar, arrastrando un poco la silla hacia la otra, y revelando en lo animoso de su mirada el peso que se le iba quitando del corazón, le dijo: