—¡Y ese es el pecado por que merecías ser escupido y apedreado por mí?

—Déjame llegar más adelante con la cruz—respondió el otro sonriendo muy forzadamente.—Si sólo se tratara aquí de un juego más ó menos lícito y corriente, con decirte eso solo, ó con no decirte palabra y no volver á poner los pies en esta casa, hubiera yo salido del apuro; pero yo tengo puesto en este lance algo más que el empeño vanidoso, ya logrado, de llegar á oir de una boca como la tuya que soy amado de mujer que tanto vale; y no pudiendo callar, ni huir, ni continuar adelante en esta actitud insostenible, al confesarte el delito necesito exponerte también sus circunstancias, para que no caigas en la sospecha de que trato de engañarte con otra farsa mayor y más abominable.

Se nubló un poquito con esto la naciente alegría de Inés, pero no decayeron sus buenos ánimos. El otro continuó de esta manera:

—Me ví en América, á la edad que tengo, es decir, en el descenso ya de la juventud, desalentado para los negocios y sin esperanzas de hacerme rico por aquel camino. Con haber ganado mucho y bien honradamente, y sin un solo vicio dispendioso de que tenga que arrepentirme, cuando más aborrecibles se me hicieron aquel trabajo y aquel clima y aquellas costumbres, y con mayores fuerzas me tiraba la pasión de la patria nativa, me hallé con un puñado de oro por todo caudal ahorrado: lo preciso para vivir aquí cuatro ó seis años de caballero pudiente, después de hacer una excursión de despedida por determinados países de Europa. No sé si pasó por mi imaginación la posibilidad, bien acariciada y entrevista, de un casamiento ventajoso por acá, ó si fué sólo una idea volandera que cayó en el platillo de los cálculos risueños que yo me hacía, como contrapeso para inclinar la balanza del lado de mis preferencias. El hecho es que liquidé mis negocios; que tomé el puñado de oro de mis únicas ganancias positivas; que vine á España con los rodeos proyectados allá, y que llegué á Nubloso en la ocasión que os referí. Apenas hube llegado, oí hablar de los caudales de tu padre, de ciertas cosas suyas, y de tus hermosas prendas personales... Y aquí entra lo negro y lo hediondo del asunto: oyendo estos relatos, tentóme el demonio; un demonio especial que debe de haber, tentador de la canalla y de los hombres que se hallan muy propensos á encanallarse; tentóme, digo, un demonio así; y pensada y deliberadamente, á ciencia y conciencia de lo que hacía, me vestí de indiano de pacotilla, rico y estrepitoso; me llené de batista almidonada, de colgajos y relumbrones, de paños finos y relucientes, y de perfumes de mucho alcance; y eligiendo, premeditadamente también, el día del santo patrono de este pueblo y el presbiterio de la iglesia, para que siendo el concurso más abundante resultara la exhibición más señalada, vine y plantéme donde me viste, en la persuasión bien fundada de que, entre estas gentes sencillas, cuanto mayor fuera mi estruendo, mayor sería su admiración... y la tuya por consiguiente. Y perdóname el agravio que entonces te inferí con el supuesto, por no tener cabal idea de lo que eres. Que no faltarías á la misa en fiesta tan solemne, no podía dudarlo yo, ni tampoco que me sería fácil hallarte con los ojos entre un concurso de toscos labradores, para ayudar con la mirada á la obra que yo me prometía de mi equipaje ostentoso. De manera, Inés, que persiguiendo estos fines innobles, me planté aquel día en el altar mayor, y sacaba el reló tan á menudo, y me movía de manera que brillaran en todo su esplendor las tapas y la cadena de oro, y las piedras de mis anillos y botones, y te miraba á cada instante después que te descubrí entre la muchedumbre; farsa fué igualmente mi inmediata visita á vosotros, en la que, de propio intento también, estuve estrepitosamente locuaz y charramente cortés: farsa, y farsa innoble y grosera, la del pretexto que alegué de la compra de la casa, para tener por mucho tiempo abiertas las puertas de ella; farsa ciertas exageraciones de efecto en la relación que hice en la mesa, de mis viajes; farsa, y farsa no ya grosera, sino infame, las insinuaciones pérfidas sobre capitales míos depositados en los más famosos bancos del mundo; y farsa sostenida ya á aquellas horas, no sólo por el propósito concebido en Nubloso, sino por el estímulo de tu belleza, que me estaba llamando grandemente la atención.

Hablando contigo en la romería por la tarde, este interés fué creciendo extraordinariamente; y cuando tratamos del caso del huertuco pobre y la rosa colorada, y, sobre todo, cuando vine á continuarle aquí, ya no podía decidir yo si me empujaba el empeño de triunfar en la innoble empresa acometida, ó la curiosidad desinteresada de ver lo que se descubría escarbando en tus pensamientos. Pero aún no me remordía la conciencia; aún me tenía cegado el demonio para que no viera lo bajo y lo abominable del empeño en que estaba metido. Esto me lo reservaba Dios para que lo sintiera de un golpe súbito y tremendo, en el instante en que, después de aclararte yo aquí, en este mismo sitio, á tu lado, contemplándote y sintiéndote y observándote á mi gusto, sensación por sensación y latido por latido, lo que te faltaba conocer del cuento comenzado en la romería, ví tu alma, cándida y pura como los ampos de la nieve. Ese fué el espejo, Inés, que Dios me puso delante de los ojos para que se reflejara en él cuanto había de miserable en mi proceder de canalla. Y tanto me avergonzó el espectáculo, que, te lo juro, en aquel instante deseaba haberme equivocado en lo que había leído en el elocuente silencio con que me respondiste. Me hubiera dolido el desengaño; pero era mucho más doloroso lo que temía y ha sucedido ya: que á medida que fuera conociéndote, había de ir avivándose mi llama y cerrándose la salida del conflicto en que me veo. Vil y atormentado callando, aunque posible me fuera callar, y despreciable á tus ojos refiriéndote abochornado lo que me acabas de oir... Porque, por más vueltas que á mi pecado se dé, no hay modo de tapar lo que tiene de canallesco, de ridículo, de chocarrero y de mal gusto... En fin, que me parece menos aborrecible que yo, el hombre que da á otro una puñalada para robarle una onza. Aquí, cuando menos, hay el mérito de arriesgar la vida.

Otra equivocación de juicio de Tomás Quicanes: Inés, en lugar de apedrearle y de escupirle después de escucharle el relato, se rió de él con las mejores ganas.

—¡Y por esa bobería—exclamó al mismo tiempo, llena su hermosa faz de regocijo,—me has hecho pasar lo que yo he estado pasando!

—¡Bobería?—repitió el otro, asombrado.

—Bobería, sí—insistió Inés.—¿Qué quieres! Cada uno tiene su modo de ver las cosas: yo veo esas tuyas así.

—No es posible, Inés—replicó el otro, no muy satisfecho con aquellas anchuras de manga en puntos tan delicados, á su entender.—No es posible que con tu buen entendimiento desconozcas...