—Yo no sé—le interrumpió Inés muy decidida,—si mi entendimiento es bueno ó es malo: lo que sé es que, arreglando acá dentro, á mi modo, todas esas cosas que me has contado, no solamente te las perdono, sino que hasta me alegro de que hayan sucedido.
—¡De que hayan sucedido?
—Sí. ¿Pues no es el apuro en que te has visto la mejor señal del chasco que te llevaste en la burla que querías hacer de mí? ¿No fué chasco el parecerte, cuando menos lo esperabas, que valía yo, por mí sola, mucho más que el dinero que tenía? ¿No te remordió entonces la conciencia por haber querido engañarme? Pues ¿qué más puedo pedir yo para probar la buena ley de ese cariño que me tienes, ni cómo, después de haberte escuchado, puedo dejar de quererte... mucho más de lo que te quería?
Quicanes recibía aquellas generosas declaraciones, como suave rocío que le refrigeraba la vida; pero esos refrigerantes tan gustosos, no alcanzaban con su benéfico influjo á la seca é inaccesible región de sus pensamientos, donde mandaba la lógica inexorable, con una altivez de gran señora. Se empeñó en demostrar á Inés, con nuevas razones, el sólido fundamento que tenían sus escrúpulos, ya incurables.
—Si á escrúpulos fuéramos—llegó á decirle Inés de muy buen humor,—empezaría yo por pintarte los míos, y no acabaríamos nunca.
—¡Escrúpulos tú!
—Y allá va uno de muestra, y de la misma casta que otro tuyo—repuso Inés con gran donaire.—Me has creído rica, y tampoco lo soy. Á cada instante me lo está diciendo mi padre, que debe saberlo bien.
—¡Ojalá fuera verdad eso, Inés!—exclamó arrebatado el de Nubloso.—Con lo que tengo, que es poco para vivir de caballero, habría lo suficiente para adquirir aquí la hacienda de un labrador acomodado... Esto lo resolvería todo, y me abriría una brecha en el encierro sin salida que...
Y no dijo más; porque le cortó la palabra, y hasta la respiración, un tremendo golpetazo en el suelo, que hizo salir nubes de polvo por las rendijas de las tablas.
Le había dado don Baltasar, que se apareció en la solana de repente, con el cabo de un rastrillón que llevaba en la mano derecha. Mientras con la izquierda hacía una señal de llamada á Tomás Quicanes, le dijo: