—Una palabra, caballerito.
Levantóse Quicanes al punto, y se acercó á don Baltasar que le introdujo en la sala. Inés, helada de susto y latiéndole el corazón aceleradamente, también se levantó, pero sin saber para qué.
—He resuelto—dijo el Berrugo arrimándose mucho á Quicanes, pero de costado y sin mirarle á la cara,—no venderle á usted la casa; entre otras razones, por no ponerle en el negro apuro de no podérmela pagar. Y como este asunto era el único que había pendiente entre los dos, y aquí no puede haber otros asuntos que los míos, nada tiene usted ya que hacer aquí desde este instante y por todos los días de su vida... ¿Queda usted enterado?
El pobre Tomás Quicanes se ahogaba bajo el peso de aquel cinismo con que se le despedía, y sin atreverse á responder una palabra; porque, en el fondo, aquel hombre grosero tenía mucha razón para tratarle como le trataba. Intentó, no obstante, alegar algunas excusas.
—Aquí no hay disculpas ni reflexiones que valgan—le interrumpió el Berrugo dando un rastrillazo en el suelo.—Á todo tirar, una sola: el comprobante, bien claro, de que tiene usted todos esos caudalazos que aparenta. ¿Le tiene usted?... Esa agachada de cabeza es la mejor confirmación de lo que yo me sabía... Pues lo dicho, y á la calle; y agradézcame que me conforme con esto poco y no le diga todo lo que siento, por considerar que no ha sido la culpa de usted solo.
Y hablando y empujándole y sin querer oirle una palabra, le llevó hasta la escalera, desde donde volvió á la sala á todo andar. Inés, que lo había oído todo, se hallaba, temblando y descolorida, á la puerta del balcón.
—Óyeme tú ahora, gatuca mansa—la dijo su padre llevándola de un brazo hasta el medio de la sala:—¿sabías tú que ese granuja no tiene sobre qué caerse muerto?
—Cuando usted entró en el balcón—respondió tiritando Inés,—estábamos hablando de eso.
—¿De que no tenía un cuarto?
—De los pocos que tiene, y de los bochornos que ha pasado por querer aparentar otra cosa.