Marcones rugió como un oso acorralado, y saltó de un golpe al registro de lo patético con espeluzno:
—¡Usted me falta! ¡Usted me injuria! ¡Usted se prevale de sus canas!... ¡Yo no he venido aquí á eso!
—Yo no te falto—replicó don Alejo con firmeza.—Yo no te injurio. Lo que hago es decirte la verdad, porque ya es hora y te me pones á tiro. Y lo dicho se lo cuentas si quieres á la bribona de tu tía y al pícaro de su amo... Porque yo no le temo, ¿entiendes? Á mí, si no es del pellejo, no tiene por dónde agarrarme, como tiene agarrados á tantos infelices. Yo todos mis bienes los llevo conmigo, en esta levita raída y en estos calzones con la culera remendada. ¡Mírala! Y á mucha honra; que ese es mi deber mientras haya en la parroquia otros más necesitados que yo. Y le añades que no ha de ser el cura de Robleces quien le dé noticias de la pobre oveja escapada de los dientes del lobo; pero que renuncie á esa carne para in sæcula, porque el milagro fué obra de Dios, y las obras de Dios son de larga dura. ¿Te vas enterando?
—De lo que me voy enterando—respondió Marcones, lívido y temblón,—es de que hay sobrado con lo que usted me dice, para ver que no fué todo obra de Dios, y que anduvieron también en ello manos carnales, bien conocidas de usted... y que por mucho menos se ha visto intervenir á la Justicia. ¿Me va usted entendiendo á mí?
—¡Pues no he de entenderte, imprudentón de Satanás? Y porque te entiendo, te declaro que tampoco me asusta la Justicia con que me amenazas. ¡Ojalá me pusiérais hoy delante de ella! ¡Qué cosas habían de saberse! ¡Qué cosas, Marcos, qué cosas! Todo Robleces iría á declarar conmigo; y ¡pobres de ellos entonces... y pobre de tí también!
—¡De mí?—exclamó Marcones llamándose á lo terrible con el aparato; pero, en el fondo, bien encogido ante la firmeza imperturbable del cura.—¡Usted me ofende otra vez; usted me calumnia de nuevo!
—Pataratas son esas—añadió don Alejo con aire despreciativo.—¿No te he dicho que te conozco? ¿Crees que no se te ha visto el juego en esa casa? ¿Piensas que se ignora en el lugar la parte que tú tienes, más de cerca ó más de lejos, en lo sucedido anoche en ella?... ¡Calla, calla, zagalón de los demonios, por la cuenta que te tiene, y no vuelvas á soñar con buscarte por ese lado la puchera! ¡Para tí estaba!
—¡Eso es otro insulto!—replicó, ronco de ira, Marcones.—¡Yo no he entrado en esa casa jamás con semejantes intenciones, y usted lo sabe muy bien! ¡Yo no nací para eso; yo sigo muy distinta carrera; yo tengo otra vocación más alta! Ella me tira, ella me reclama; y con la ayuda de Dios, no pasarán muchos días sin que yo vuelva al seminario.
—¡Al seminario tú!—exclamó en tono incisivo el cura.—¡Tú al seminario! ¡Imposible que se te vuelvan á abrir aquellas puertas! ¡Imposible que haya un obispo que te ordene; porque no puede concebirse que baje Dios á unas manos como las tuyas! Quédate, quédate en Lumiacos machacando terrones, que para eso naciste, y ayuda á tu padre, que mucho lo necesita y bien se lo debes. Arrímate al ariego y desmocha cajigas en el monte; desengrásate así, bárbaro, y castiga esas carnazas; y para ofender menos á Dios, busca una mozona capaz de sufrirte ese geniazo brutal, y cásate con ella. Así, cuando menos, sudarás lo que ganes, y podrás comer honradamente tu puchera. Con esto no tengo más que decirte; y como ya llevas más de lo que venías buscando, dame las gracias y lárgate cuanto antes, porque yo tengo otras cosas que hacer.
Y mientras Marcones daba patadas en el suelo y se golpeaba las nalgas con los puños cerrados, y castañeteaba los dientes y echaba espumarajos por la boca entre apóstrofes bravíos, don Alejo le volvía la espalda muy tranquilamente, y desaparecía de la saluca en que había recibido la embajada.