Por primera vez en su vida, no tuvo la Galusa agallas para responder á su amo. Tan crespo y endemoniado le vió; y como á ella le interesaba tanto como á él el hallazgo de la fugitiva, dejando piques á un lado volvióse corriendo á la cocina para mandar al mocetón, que estaba almorzando con Luca, que fuera á escape á Lumiacos á decir á su sobrino que viniera sin perder minuto. Le parecía á la bruja, y con razón, que ningún mastín como aquél para dar con la oveja descarriada y sacarla de las fauces del lobo, si andaba lobo en el ajo, como se lo iba temiendo. Ella misma se echó á la calle á pedir noticias de casa en casa. Á la del cura no se atrevió á ir, porque le temía de lumbre desde muchos años atrás. Estaba enterado de la historia de la mártir, y no perdonaba ocasión de flagelarla á ella con echedizas que sacaban sangre. De ese paso se encargaría su sobrino.
Cuando supuso que podía haber llegado ya éste, se volvió á casa, sin haber hallado el menor rastro de lo que buscaba y bien segura de que no había en el barrio alma nacida que no se complaciera en ocultársele si le hubiera conocido. El Berrugo, entre tanto, dió parte al alcalde, excitándole, con ruegos y con amenazas, á que «cumpliera con su deber.» El alcalde porque le temía, como todo el pueblo, prometió echar los bofes en el empeño; pero en seguida de dar las órdenes á las personas que habían de ejecutarlas, fué diciendo al oído de cada una, que si topaban con la pista, se hicieran los tontos y se echaran por otro lado; porque era «sacar ánima del purgatorio dejar á la enfeliz fuera del alcance de aquellos dos demonios.»
Era ya más de media mañana cuando llegó Marcones, bien enterado de lo que pasaba, por el recadista. Venía verde, y sudaba hollín con azufre. En cuanto le atisbó su tía, corrió á su encuentro y le dijo ahogándose de rabia:
—Si no se la ha llevao ese pícaro á Nubloso, y anque se la llevara, el cura debe de andar en el fregao. Ella no tiene en el pueblo otro conocimiento que él; y á más que más, hoy no ha tocao á misa... ¡Vete á ver al cura sin parar!
Y Marcones corrió á ver al cura, que había vuelto á casa media hora antes. Aún tenía los zapatos sucios, y bien se le conocía en la cara y en el desaliño de toda su persona, la brega en que había andado desde las dos de la mañana. Todo lo tuvo muy en cuenta Marcones tan pronto como lo advirtió; y como él también llevaba á la vista buenas señales de la trotada que acababa de darse desde Lumiacos, y de la procesión que le andaba por adentro, bastóle á don Alejo una mirada para colegir lo que iba buscando allí el sobrino de la Galusa.
El cual, sabiendo por experiencia cómo las gastaba de frescas el cura de Robleces, le expuso su embajada con todo el comedimiento que cabía en un descomedido de su tamaño.
Quedósele mirando el cura después de oirle, con una cara que era un mosáico de reflejos: reflejos de burla, de gozo, de indignación... y hasta de un poco de ira, y luégo le preguntó:
—Y ¿quién eres tú, qué títulos, qué derechos tienes para venir á pedirme esos informes?
—Mandado soy, señor don Alejo—respondió tragando bilis el de Lumiacos.—Los favores recibidos obligan; el trato frecuente engendra interés y cariño, y las penas de los favorecedores se sienten y se lloran como las propias penas.
—¡Los favores recibidos!—repitió el cura mirando de alto á bajo á Marcones.—¡Las penas de los favorecedores!... ¡El cariño que les tenemos!... Pedantón y gazmoñote, ¡cómo has podido soñar que si yo supiera algo de eso te lo había de contar á tí? ¿Piensas que no sé lo que pasa? ¿Piensas que no te conozco? ¡Y había de ser yo capaz de poner en vuestras manos lo que acaba de salvar de ellas la Providencia de Dios!