Hasta muy cerca de aquí, ya había llegado el Berrugo durante el verano aquél, muchas, muchísimas veces, con este mismo arrechucho; pero en la ocasión de que se trata, exaltado ya el hombre por el disgusto que había pensado digerir allí cuando cayó abismado en las honduras de su manía, avanzó con ella mucho más adelante; y llegó á ver tal cúmulo de demostraciones evidentes y de facilidades comprobadas, que acabó por hablar á voces; y loco, loco de remate estaba, cuando oyó golpes en la puerta de su encierro. La sorpresa le volvió algo á la realidad de la vida; pero, recelando de todo, dudó si se haría el sordo ó si respondería. En esta duda, los golpes se repitieron, y al fin se decidió á preguntar quién llamaba.
—Soy yo, si no molesto,—respondió la voz de don Elías desde el portal.
Abrió entonces, estremecido y como si obedeciera á un impulso extraño, el supersticioso don Baltasar; y don Elías, que por su parte también iba bien espeluznado, se quedó suspenso al verle de aquella traza alarmante.
—¿Qué se le ofrece?—preguntó al médico, atravesándose en la puerta á medio abrir.
—Me dijo Antón, que salía al llegar yo á la portalada, que estaba usted aquí, y por eso he llamado sin subir; porque á usted es á quien vengo buscando.
—Y ¿para qué?
—Para una cosa que le interesa muchísimo.
—Pues dígala pronto, porque estoy de prisa y de mal humor.
—Si me permitiera usted—añadió don Elías pasándose el pañuelo por la frente para enjugarse el sudor,—entrar un poquito más adentro... porque convendría que nadie se enterara.
El Berrugo, por toda contestación, dió un paso atrás sin soltar su mano del pestillo. Entró don Elías de medio lado; cerró el otro la puerta, y sin moverse de allí le dijo con la mirada: