—Ya está usted hablando.

Entendióle don Elías, y comenzó de esta suerte:

—Como la noche ha sido toledana para mí, levantéme con el sol; y no siendo esa hora la más á propósito para visitarle á usted, con la mira de hacer tiempo, bajéme á despachar la visita de Las Pozas, que no era larga, por mi cuenta; pero parece que el demonio se había metido allí de patas desde anteayer acá, porque no bien salía de una casa, ya me estaban llamando para otra... Yo no sé si los higos, que no escasean este año, ó la mucha mora que hay por esos bardales... porqueriucas de nada; pero ello es que con tanta visita y un rato que pasé en la última de ellas para tomar una taza de leche, que buena falta me hacía, porque estaba en ayunas, se me fué más de media mañana.

—Y á mí ¿qué me importan esos higos ni esas moras, ni esa taza de leche, ni que se lleven los demonios á todo el barrio de Las Pozas?—saltó el Berrugo impaciente y con un gesto y una voz que flagelaban.

—Quería decirle á usted—replicó don Elías humildemente,—que por esa razón, y por lo que he tardado desde Las Pozas aquí, aunque he venido á escape y sin tropezar con alma nacida, no me ha sido posible avistarme con usted tan pronto como yo deseaba... Voy á entrar al punto en materia, señor don Baltasar, que ya veo que está usted muy impaciente. Pues, señor, que, como le dije á usted hace un momento, esta última noche fué toledana para mí. La médica se puso como para quedárseme entre las manos; á las chicas les dió la ventolera también, y armaron cada catacumba que temblaba la casa; la cena fué mucho peor que todo ello, y, resultado, que á las altas horas logré un poco de sosiego y me metí en la cama: por supuesto, para no pegar los ojos. Que vuelta acá, que vuelta allá y que vuelta al otro lado, en una de ellas ¡zás!... la linterna á los ojos y mi hermana detrás de ella.

Aquí dió un salto el Berrugo; y por más que tosió y carraspeó para disimularle, no lo hubiera conseguido á no estar ya don Elías enteramente espeluznado, y absorto en la ilación de su relato, que continuó de esta manera:

—Acordándome de la otra vez, dí por hecho que iba á ser cosa de otro viaje á la llosa grande, en ropas menores y descalzo, y traté de incorporarme; pero me hizo señas para que me estuviera quedo, y en seguida, con su voz, con su misma voz, con la voz que tuvo en vida y yo recuerdo muy bien, aunque bajito, muy bajo y muy arrimada la boca á mi oído, me dijo... ¡por estas cruces se lo juro á usted, señor don Baltasar! me dijo: «Elías, dile á ese hombre, que está donde él ha creído; que suyo es, que no tarde y que no tema.» Con esto apagó la luz, y se desvaneció ella también.

El pestillo de la puerta, bajo la mano temblorosa del Berrugo, repiqueteaba en su retenedor; y no con toses, con alaridos disfrazaba el supersticioso la crispatura en que le había puesto la declaración del otro visionario. Pues aún halló en los rincones de sus adentros roñosos, un poco de ironía burlona para decir á don Elías, que se había quedado con los ojos encandilados y la frente bañada en sudor:

—Pero, alma de Dios, ¡cuándo acabará usted de ver visiones y de jeringar al prójimo con los relatos de ellas?

—¡No hay tales visiones, señor don Baltasar!—replicó el médico irguiéndose inspirado y atrevido.