—¡Quite usted allá!—añadió el otro, empujándole hacia la puerta.

—Y «ese hombre»—insistió don Elías haciéndole frente,—«ese hombre» á quien se refería mi hermana, es usted, por todas las señales.

—¡Vaya usted con doscientos mil demonios, y no me rompa más la cabeza con sus majaderías!

Y al mismo tiempo que le lanzaba estos improperios, con una mano abría la puerta y con otra le arrojaba del cuarto.

En seguida que se vió solo, volvió á cerrar; corrió hacia la mesa, y cayó desplomado en una silla con los ojos fulgurantes, la boca entreabierta, los brazos en cruz y las piernas estiradas.

Entre tanto, don Elías, limpiándose el sudor de la cara con el pañuelo, salía á la calle al rayar el mediodía, sin sospechar, el desdichado, que á aquellas horas era el único viviente del barrio de la Iglesia que no sabía una palabra del suceso gordo ocurrido la noche antes en aquella misma casa.

¡Él, que se descuajaringaba y desvivía por correr un mal chismuco antes que nadie!