XXXI
«POR DO MÁS PECADO HABÍA»
Á la hora convenida con el Lebrato, y después de decir misa, estaba don Alejo en la barquía, con un chaquetón negro y un galero, negro también y también viejo, porque el chaquetón lo era: únicas prendas que llevaba encima, diferentes de las de todos los días. Llevaba muchas cosas que contar; y con la promesa de ir haciéndolo por el camino, agarró la caña del timón; bogaron el Lebrato y Pedro Juan, y comenzó la barquía á deslizarse por la Arcillosa adelante. Estaba la mañana como la mejor de primavera, y esto acababa de transportar al animoso párroco á los buenos tiempos de sus aficiones de «pescador de altura,» como él se llamaba á sí propio con gran énfasis. Para explotarlo todo y no perder el tiempo, en cuanto desembocó en la ría largó un aparejillo de sereña, de su propiedad, cuyos anzuelos había encarnado poco antes; y así las cosas, remando firme el Lebrato y Pedro Juan, y avanzando mucho la barquía, dió principio el cura á sus relatos, mientras gobernaba con una mano y sacudía blandamente con la otra el aparejo tendido.
Lo de Inés se había arreglado tan puntual y guapamente como lo tenía calculado él. Estaba ya bien libre, la pobre, por todos los días de su vida, de caer en la infame ratonera de que se había escapado por un milagro de Dios. En otra, harto más llevadera, la encerraría él muy pronto, y en buena compañía. ¡Que fuera la Galusa á hincarle las uñas allí! Había sido muy de notar el sosiego con que recibió el Berrugo la notificación del depósito de su hija. Refirió también lo que sabía de los pasos dados inútilmente por las gentes de la casa, y bien á la fuerza, por la autoridad, en busca de la fugitiva; y aseguró que Marcones, al encararse con él, había sido bien despachado.
Al Lebrato le pareció todo ello muy bien, y Pedro Juan habló un poco para ratificarse en su conocido dictamen del canto al pescuezo, por lo tocante al Berrugo.
—No se quedará sin él, aquí ó allá, si le merece—dijo el cura;—que Dios consiente y no para siempre. Y ahora va lo mejor de todo lo acontecido ayer en la casona. Parece ser que el Berrugo se encerró en su leonera de abajo, en cuanto ocurrió lo del Juez municipal; y que mientras estuvo encerrado allí, entre la tía y el sobrino, que andaban en conciliábulos arriba, llegó á armarse tal zipizape, que al fin se echaron las uñas. Según Luca, que lo oyó, la cosa se fué encrespando sobre quién de los dos había tenido más culpa en que la tajada se les escapara de los dientes. La moza se asustó; y viendo que no subía su amo, aunque ya era bien pasada la hora de comer, bajó á llamarle con ánimo de que pusiera paz entre aquellos dos demonios, que andaban ya muy cerca de rodar por los suelos. Golpeó á la puerta, pero el hombre no respondía; golpeó más, y tampoco; hasta que en fuerza de golpear y golpear y de decir á gritos, por el ojo de la cerradura, que se mataban arriba, destrancó el Berrugo, abrió y se presentó delante de la muchacha, con una traza que metía miedo: con los ojos encandilados, las cejas erizadas, el poco pelo hecho una greña, y el color de la cara, de difunto. Preguntó, como espantado, quién se mataba; respondió Luca lo que ocurría; y después de decir él que ojalá fuera verdad, la emprendió para arriba con todo el aire de un demente. Guióse por el ruido de la marimorena, y se encontró en el cuarto de la Galusa al sobrino y á la tía, hechos un ovillo, rodando á los pies de la cama: él con la cara desollada á arañazos, y las dos manos en el pescuezo de ella, que ya enseñaba los gañotes y se la saltaban los ojos, mientras retemblaba la casa con maldiciones y blasfemias. El Berrugo no se anduvo en chiquitas: sin decir una palabra, pero con todas las trazas de recrearse en ello, y no para poner paz, sino para acabar cuanto antes lo comenzado, puntapié va á la una, bofetón al otro, silletazo por aquí, garrotazo por allá; hasta que alzándose los dos de repente, y como si un odio común los hubiera puesto de acuerdo, empréndenla con él, hechos dos furias; y allí, Pedro Juan, hubiera fenecido el desdichado sin necesidad del canto tuyo, á no llegar Antón, que volvía de levantar un vallado en una heredad de la llosa Grande, y meterse por medio, con la ayuda que entonces se atrevió Luca á prestarle. Separados los tres combatientes, que parecían, por lo erizados y gruñones, tres perros vagabundos después de una engarra, lo primero que ladró el Berrugo, porque aquello no se parecía á voz humana, fué para decir á la tía y al sobrino que salieran inmediatamente de su casa, para no volver jamás á poner los pies en ella. Dió esto motivo á una nueva encrespadura de la fiera, que reclamaba sus soldadas y alegaba otros derechos que eran un escándalo y, en buena justicia, merecían la recompensa de un presidio para la reclamante y para el reclamado; y como éste conservaba aún en la mano el garrote que había cogido antes en un rincón del cuarto para esgrimirle, como le esgrimió, sobre el ovillo, y se disponía á esgrimirle nuevamente sobre la provocadora, armóse el terne criado de resolución; echó del cuarto á empellones, pocos, pero buenos, á la tía y al sobrino; llevó á éste medio en volandas hasta la calleja; púsole encarado á Lumiacos con la advertencia, muy en serio, de que tomara soleta por allí y sin mirar hacia atrás; volvióse arriba, y se encontró á la Galusa amarrándose las greñas en mitad del carrejo, y jurando, entre aullidos, que en cuanto acabara aquella labor y se calzara unos zapatos, iba á largarse de casa, pero para ir á la del Juez y encausar á aquel ladrón de soldadas, mal padre y peor marido. Y así lo hizo poco después. Se largó de casa con un lío al brazo, á medio tapar con las puntas de un chaluco lleno de lamparones y pispajos.
Á todo esto, el Berrugo, sin querer probar bocado ni soltar de la mano el garrote, se había puesto á dar vueltas por la sala; y dando vueltas y más vueltas, sin hablar una palabra, mirando sin saber á qué y estremeciéndose á lo mejor de repente, se pasó hasta media tarde. Entonces empezó á mascullar algunos dichos que no se le entendían bien, y en dos ocasiones se plantó encarado á la pared; hizo muy arriba de ella una raya con el palo, y dijo muy claramente: «¡Lo menos, hasta aquí! ¡Qué hermosura!» Otra vez dijo, muy claro también: «Con quince brazas hay de sobra, y ya sé de dónde sacarlas.» Y después de decir esto, sin reparar siquiera en los dos criados que andaban casi arrimados á él y mirándole de hito en hito, bajó á escape al cuartón del estragal; descolgó todas las cuerdas de carro que había allí; las fué anudando una con otra; atesó bien los nudos; midió las brazas que daban entre todas; le parecieron bastantes; y haciendo después con la cuerda entera una madeja muy curiosa, se la echó al hombro, se metió en el cuarto del portal, que es su leonera, y allí quedaba encerrado media hora después de anochecido, que fué cuando vino Luca á mi casa á contarme todo lo que os he contado y á pedirme mi parecer. Porque la moza ha llegado á cogerle miedo, y no sabe qué partido tomar: si largarse de casa, ó seguir allí por caridad, hasta ver en qué para aquello. Quedéme asombrado, como podéis suponer, y la aconsejé que se aguantara, con ciertas precauciones, sobre todo de noche, un par de días siquiera, si Antón se aguantaba también. Suponía yo, y sigo suponiendo, que todo aquello no es más que un arrechucho ocasionado por lo de Inés, y un poco más encrespado por la zurribanda del mediodía. Es la primera vez en su vida que le sale el tiro por la culata; el hombre es malo á toda ley, y pierde los estribos de coraje... Hoy no he sabido cosa alguna de él. Al pasar para Las Pozas, quise preguntar; pero ví la casa muy cerrada y hallé la portalada trancada por dentro: supuse que estarían durmiendo todos... y no sé más. Conque ¿qué os parece la historia?
De perlas les había parecido. Por saborearla mejor, hasta se habían descuidado en la rema mientras el cura la contaba.
—Siempre pensé yo—dijo el Lebrato,—que ese hombre había de acabar de mala manera... Porque, por mi cuenta, ya está loco.