—Y si lo de la cuerda—apuntó el Josco,—fué pa colgase con ella, permita Dios que no güelva en sus cabales.

—Sobre eso de la cuerda—dijo el cura dando un tirón muy fuerte del aparejo, pero sin trabar nada en él, aunque la picada había sido buena,—sobre eso de la cuerda, desde que Luca me contó que Antón había dicho que el médico, el otro visionario, había estado encerrado con él en la leonera, tengo acá ciertas sospechas de que esté relacionado con su manía, lo cual no tendría nada de particular. Pero no hay miedo que haga un disparate; porque es hombre que, cuerdo ó loco, tiene mucha ley á su pellejo. Lo indubitable hasta la hora presente, es que le ha llegado la suya, y que se ve la mano de Dios encima de él amenazándole con el castigo que le espera...

—Mucho tiene—observó el Lebrato;—pero á cambio de ello, no quisiera verme en su lugar.

—¡En el pellejo de ese hombre?—exclamó el Josco estremecido.—¡Recoles! ¡moro relajao primero!

En éstas y otras, anduvo la barquía más de otro tanto; y el cura, dale que dale á la sereña y encarna que encarna anzuelos, y no embarcó más que dos panchos y una lobina, que no pesaban en junto medio cuarterón. Más adelante ya tuvo mejor suerte en su cacea: pescó dos mubles de á libra, y una porredana de tres cuarterones bien corridos. Todo, por supuesto, para entretener sus impaciencias hasta llegar al «pozo grande,» donde no se mataba el hambre de unas aficiones como las suyas, con parvidades como aquéllas.

Un poquito de resaca había en la barra cuando se disponían los expedicionarios á pasarla, pero sin malicia. La mar estaba noble, los horizontes limpios como la plata, y el nordeste apuntando. Lo peor era que con la charla y la cacea, y algo que se había descuidado el cura después de misa, cuando entraba la barquía en la mar estaban al caer las diez: media mañana perdida para la pesca, y la marea despuntando ya. Como que don Alejo sintió cierto ruborcillo profesional al presentarse tan tarde delante de hombres del oficio, más madrugadores que él, que pescaban en dos barquichuelos parecidos al del Lebrato, al socaire de la isla: precisamente en el sitio de sus preferencias. Así y todo, gobernó hacia allá, pero con ánimos de comenzar la pesca á medio camino, de acuerdo con el parecer de Juan Pedro.

—Pues bogar firme vosotros—dijo;—que yo iré encarnando por los tres, y ese tiempo ganaremos.

Á los diez minutos de esto, cesó la boga y comenzó la pesca. El Lebrato había conocido ya las barquías de la isla. Las dos eran de San Martín.

Entre si muerden ó no muerden, y si sería peor ó mejor un poco más acá ó un poco más allá, pasó cerca de media hora; y ya iban á hacer otra impuesta, más hacia la isla, cuando el Josco, que pescaba por la banda de tierra, exclamó de pronto:

—¡Coles! ¿Qué es aquello?