Volviéronse hacia Pedro Juan su padre y don Alejo; y siguiendo la dirección de la mirada del asombrado mozo, distinguieron en el peñasco de enfrente, un poco á la derecha del boquerón del Pirata, como á la mitad de distancia entre la cornisa y la imposta de la fachada de aquella mole llamada por el Lebrato «á modo de torre grandona,» y á más de sesenta pies sobre el mar, algo que, desde allí, parecía un hombre abierto de piernas y de brazos, adherido á la peña como una garrapata. Reparando más, vieron que la figura se movía tan pronto hacia un lado como hacia otro, hacia arriba como hacia abajo, cual si vacilara y temiera. De pronto se llevó el cura las manos á la cabeza, y exclamó horrorizado:

—¡Santísimo nombre de Dios! ¡Armar, hijos, esos remos, y vamos hacia allá, que es él!

—¿Quién?—le preguntó el Lebrato, que parecía adivinar la respuesta.

—¡Quién ha de ser—respondió el cura sin apartar la vista de la peña,—sino un hombre dejado de la mano de Dios, como ese desdichado? Y ¿cuántos hombres de esos conoces tú, Juan Pedro, más que uno... tu amo?

—¡Válgame Jesús!—exclamó el Lebrato acabando de encapillar el estrovo, y al mismo tiempo que su hijo, dispuesto ya á dar la primera estrepada, exclamaba por su parte:

—¡Recoles, qué hombre ese!

—Y ¿aónde vamos?—preguntó el Lebrato, acelerado y trémulo.

—¡Qué sé yo?—respondió el cura, sentándose al timón, pero sin dejar de mirar á la peña.—Por de pronto, hacia allá, á acercarnos todo lo posible... porque ese infeliz está gastando las fuerzas sin adelantar un paso... y va á caer sin remedio.

—¿Y qué adelantaremos con ir—repuso Juan Pedro sin dejar de bogar con brío,—si la barquía no puede atracar hasta debajo de él? ¿No ve usté que está escripío de peñas al reador, en más de tres brazas de anchura, y cómo rompe la mar allí? Si cae, señor don Alejo, se desnuca, lo primero; y lo que de él quede, se lo tragará la rompiente en un decir Jesús.

—Pos caer, cae, y sin tardar mucho,—dijo Pedro Juan con gran aplomo.