—Sea lo que fuere, suceda lo que sucediere, hay que acercarse allá y discurrir un modo de prestarle algún auxilio... Malo es, malo ha sido; pero es hijo de Dios como nosotros... ¡Hala más, Juan Pedro!... ¡hala tú también de firme, muchacho!... Y no estaría de sobra que aquellos otros acudieran también...

«Aquellos otros» eran los de las barquías de San Martín, á los cuales comenzó á llamar con el pañuelo el cura, puesto de pie.

—¡Virgen María, qué demencia!—continuó exclamando y con la mirada fija otra vez en el peñasco.—¡Y allí está como una lapa, sin subir ni bajar, el desdichado, acabando con las pocas fuerzas que le quedarán! Pero, hombre, ¿no habría medio de darle ayuda por alguna parte? Quizás por arriba...

—Sería tanto como despeñarse los dos, él y quien bajara á ayudarle—replicó el Lebrato.—Pero anque eso se arriesgara uno á hacer, ¿por onde se va pa llegar antes que él se despeñe? Si tuviera un poco de serenidá, echándose hacia la izquierda pa ganar el balconuco, como yo le dije dende aquí mesmo un día... ¡Santo Dios!—exclamó aterrado de pronto el pobre hombre.—¡Si con aquel dicho habré tenío yo parte en esa barbaridá de locura?... Pero, señor, yo lo dije por decir, y por mí mesmo, que soy capaz de hacerlo como lo dije... no por él, bien lo sabe Dios que nos estaría escuchando.

—No te apure ese temor, Juan Pedro—se apresuró á decirle el cura para desvanecerle el escrúpulo,—aunque no te afirmaré que el desventurado no haya tenido en cuenta tu dicho en medio de su locura para atreverse á cometer la que está cometiendo ahora; pero ¿qué culpa tienes tú de qué haya un hombre, tan desatinado, que tome al pie de la letra esos diches, sin distinguir de colores?

—Quien ahí le ha puesto—apuntó grave y secamente Pedro Juan,—no ha sío el dicho de usté ni el de naide; que ha sío, ó el demonio, que le cegó por la cubicia que le consomía, ú Dios, que quiere que las pague toas juntas de ese modo...

Avanzó la barquía un poco más; y según iba aclarándose la figura, iban enmudeciendo los que la contemplaban; porque á la vez crecía lo terrible y solemne del espectáculo.

De pronto se oyó un grito agudo y lamentoso, como si saliera del fondo de una sima; y el hombre de la peña se desprendió de sus asideros y cayó precipitado por su propio peso; pero no hasta la mar, sino, con grandísimo asombro de los espectadores, hasta cuatro ó seis varas más abajo, donde se quedó oscilando y con la cara vuelta hacia la barquía.

—¡Coles... la cuerda!—exclamó Pedro Juan, mientras los demás estaban como petrificados.—¡Ya está visto pa qué la quería!

Efectivamente, el Berrugo (porque ya no cabía duda que era él) estaba amarrado por debajo de los sobacos con una cuerda sujeta arriba por el otro extremo. La cuerda, buscando su aplomo al caer el cuerpo que sostenía, se apartó hacia la derecha del camino que llevaba don Baltasar, y éste se halló debajo de la imposta, enfrente de la parte más lisa y cóncava de la peña, oscilando en el aire sobre un fondo sombrío y viscoso, y tejiendo con brazos y pies, como sapo en estaca. Horrorizaba verle así.