Ó porque distinguió á la barquía, ó porque el instinto de conservación se lo impuso, sucedió que el desdichado comenzó á dar alaridos y á pedir ayuda en todos los acentos que caben en los registros del espanto y de la desesperación.

El cura, sin saber qué hacerse, como los otros dos, se descubrió la cabeza y se puso á rezar por él.

—No hay poder humano que le ayude—dijo al mismo tiempo el Lebrato.—Otro, en su pellejo, se esquilaría por la cuerda; pero ¿de qué le ha de servir á él, que desde mucho más arriba, onde tenía apoyo pa los pies, no pudo aprovecharla pa ayudase con las manos tan siquiera?

—Sea lo que sea—exclamó el cura dejando de rezar, pálido y demudado,—acerquémonos más; y ya que no podamos salvarle la vida, hagamos algo por su alma.

Anduvo la barquía hasta acercarse tanto á las rompientes, que don Baltasar conoció á los que iban en ella. Lo demostró con un grito de júbilo.

—¡Dios os envía!... ¡Don Alejo!... ¡Hay Dios!... ¡Ya creo en Él... y en su misericordia!

—Por la cuenta que te tiene ahora,—murmuró Pedro Juan al oir aquellas voces que parecían de un alma en pena.

—Bien está eso, señor don Baltasar—gritó el cura con la poca voz que le dejaba su angustia.—Pero no deje también de creer en su justicia... y mire, mire... nosotros vamos á hacer por usted todo lo que humanamente se pueda; pero, por si no alcanza, prepárese para una buena muerte...

—¡Eso no!—gritó el Berrugo pataleando allá arriba.—¡Yo no quiero morir! ¡Yo estoy en sana salud y quiero vivir todavía!

—Y entonces, ¿por qué se puso tan en peligro de perecer, como se ha puesto por su gusto?