—¡Yo no me puse!... ¡Yo no sé por dónde ni cuándo he venido aquí!... ¡Yo he debido estar loco!... Agarrado á esta peña allá arriba, me ha despertado el espanto... ¡Por compasión!... ¡por caridad!... ¡ayúdenme, ampárenme... y pronto, que la cuerda trisca, y es de esparto viejo lo más de ella... y ya se me turba la vista... y me van faltando las fuerzas!...
De pronto se le ocurrió al Lebrato que se le podía socorrer desembarcando en la playuca, y corriendo luégo á tirar de la cuerda desde arriba. Pero había media hora hasta la playuca, y otro tanto por tierra, y la cuerda flaqueaba ya, y el hombre no parecía estar más firme que la cuerda.
—No importa—respondió el cura;—es el único recurso, y hay que intentarle...
En esto llegaron las dos barquías, cargadas de hombres con el horror pintado en las caras; y al triste son de los alaridos cada vez más lentos y apagados del infeliz Berrugo, les comunicó don Alejo su proyecto. Una de las barquías podía quedarse allí para animar con su presencia al agonizante, y las otras dos ir con sus hombres á auxiliarle por la playuca. Se convino en ello; partieron á toda fuerza de remo las barquías de San Martín hacia la playuca, y don Alejo se lo gritó á don Baltasar para darle alientos.
—¡Es tarde ya!—respondió el mísero, con la cabeza caída y los miembros lacios.—Me va faltando la vida; y la cuerda, que me ahoga con mi propio peso, trisca cada vez más.
—¡Hay que intentarlo, con todo!—dijo el cura; y añadió en seguida:—Y mire, don Baltasar: como antes le dije, por si acaso tiene usted razón, prepárese para una buena muerte... Haga un acto de contrición. ¡Mire que otros en mejor salud han fenecido!... ¡Mire que voy creyendo que para algo me trajo el Señor aquí hoy!...
No se sabe si respondió algo don Baltasar y no dejó oirlo el incesante machaqueo de la resaca; pero está fuera de duda que volvió á patalear entonces, porque esto se vió.
El Lebrato daba diente con diente, sin apartar sus ojos del espectáculo, y su hijo, contemplándole también sin cesar, estaba como electrizado. Don Alejo, impaciente y conmovido, mirando tan pronto á don Baltasar como á las barquías, que no andaban tanto como su deseo, continuó amonestando al moribundo, pues por tal le consideraba; y al ver que no le respondía, y que cada vez inclinaba más la cabeza y eran sus movimientos más débiles, recitó la oración de los agonizantes, arrodillándose los tres en la barquía; y luégo, levantando el brazo derecho y clavando los ojos compasivos en don Baltasar, bendíjole, y rezó con voz vibrante y solemne:
—Si es bene dispositus, ego te absolvo a pecatis tuis, in nomine Patris et Filii et Spíritus Sancti.
En aquel mismo instante se oyó un trisquido y también algo como lamento, y se vió á don Baltasar precipitarse rápidamente, con las piernas y los brazos extendidos, como una rana que se lanza al charco, desde la altura en que oscilaba moribundo de horror y de fatiga, al erizado peñascal, en cuyas puntas rebotó dos ó tres veces antes de desaparecer entre las revueltas espumas de la resaca.