VI
VARGA ABAJO Y VARGA ARRIBA
Pero ¡qué naturaleza más singular la de Quilino! Él bailaba como una peonza; él relinchaba mejor que nadie en todas las rondas de mozos; él se enternecía hasta el lloro á moco tendido, en un entierro; él cantaba la misa, que se las pelaba; él revolvía el corro de bolos... en fin, donde se moviera algo, donde pasara algo que no se moviera ni pasara á todas horas y en todas partes, triste ó alegre, allí estaba él sin ser llamado por nadie, sin hacer falta ninguna y sin servir para maldita de Dios la cosa, sino para enmarañar dificultades, agriar lo dulce ó entorpecer lo hacedero. Sólo en muy determinados casos era Quilino el primero de todos los concurrentes, quiero decir, el que se llevaba la mejor parte: verbigracia, en los casos de zambra y alboroto entre los mozos del pueblo, por rivalidades de barrio ó cuestiones de galanteo. Con ser él incapaz de herir á una mosca, ya se sabía: la primera bofetada ó el primer garrotazo, para Quilino; y Quilino al suelo.
Pasaba de los veinticinco años, y, por lo menudo y lampiño, apenas representaba veinte; queriendo aparentar una corpulencia que no tenía, se mandaba hacer la ropa con muchos sobrantes; y de este modo resultaba lo contrario de lo que se proponía: que destacaba más su pequeñez, amén de parecer vestido de prestado. Los domingos se llenaba las orejas de claveles, la cinta del sombrero de siemprevivas y plumas de pavo real, y las alpargatas de dibujos de hiladillo verde y encarnado. ¡Todo por las buenas mozas! Y precisamente era de ellas, de las buenas mozas, de donde salían las zumbas más crueles y los motes más depresivos para él. No tenían número las calabazas que llevaba recibidas en el pueblo y fuera del pueblo; y esto era lo que le perdía ya en todos sus empeños amorosos: la fama, que le seguía como su sombra, de «barrido de todas las cocinas...» Porque, aparte de ello, Quilino, en buena ley, no merecía tan mal trato: era trabajador, no bebía, era hijo de buenos padres, y no pobre de solemnidad; y estampas más ruines que la suya habían hallado buenas colocaciones en el lugar. En honor suyo hay que decir también que, gracias á sus buenas prendas, nunca llevó las calabazas en crudo. Se le dejaba rondar, se le abrían las puertas de la casa los sábados por la noche, se le daba ingreso en la cocina; y cuando era llegado el momento de «hablar,» se le respondía indefectiblemente que la moza estaba comprometida ó esperando á que «hablara» el mozo que se le había anticipado... «¡Recongrio...» y cómo se ponía entonces contra «la perra desgracia» que siempre le llevaba tarde á esas cosas! ¡Y con qué altanería alegaba en público aquellas despedidas corteses, contra los murmuradores que le contaban los antojos y galanteos por descalabros en seco!
Á un propósito no menos caritativo obedecían las largas que Pilara le iba dando en sus asedios pertinaces. Le dolía mucho á la noble mocetona despabilar secamente al pobre muchacho que con tanta obstinación y con tan honrados fines la perseguía, si no hemos de creer á los que afirman que Pilara conservaba á Quilino por obligar más á Pedro Juan, que era celoso. Y es de advertir que jamás estuvo Quilino tan obcecado por moza alguna, como por Pilara. Achacábase esto en público á que Pilara era el mejor acomodo de cuantos Quilino había tanteado, con haber sido buenos todos los demás; pero yo me inclino á creer que entraban por mucho en los entusiasmos de Quilino, que era una pólvora, las prendas personales de Pilara; prendas que Quilino no había visto reunidas hasta entonces en una sola moza de su «comenencia.»
El caso es que él insistía en sus trece, y que estaba resuelto á insistir mientras no se le plantara en seco en mitad de la calleja. El suceso de la Arcillosa, con el subsiguiente de la llegada del Josco al mismo goterial de Pilara cuando él se disponía á tener con ella y con toda su casta una explicación que dejara bien deslindados los campos, le acabó de encalabrinar, y aquella noche no pegó los ojos. Pensando y pensando, creyó que, para acabar de una vez, le tenía más cuenta ajustar la que le desvelaba con el mismo Pedro Juan, por la buena y en paz y en gracia de Dios; y como era mozo que no dejaba que se le encanecieran en el cuerpo las resoluciones que tomaba, en cuanto apuntó el día se tiró de la cama y echó á andar hacia Las Pozas, haciéndose el sordo á los mugidos con que desde la cuadra le pedían las bestias de pesebre el acostumbrado desayuno.
—¡Recongrio!—pensaba Quilino mientras iba varga abajo, unas veces callandito, y muy á menudo hablándolo bien recio y con la mímica que cada pensamiento reclamaba.—Esto tiene que acabar hoy, ó va á haber una gorda en Robleces... Lo que se está hiciendo conmigo no tiene igual... ¡vamos, no tiene igual!... Bueno que al hombre se le estime en más ó en menos de esto ú de lo otro, porque pa eso están los ojos en la cara y el sentío en los aentros; pero ¡congrio! que se le diga... ¡que se le diga, congrio! y hablando se entiende la gente. Eso de callarse, como se hace conmigo un mes y otro mes, y hoy no te respondo y güélvete mañana... ¡hombre, esto ya es ultraje pa uno y puro menosprecio!... Pero ¡recongrio! ¿por qué me habrá pasao lo mesmo en toas partes? Si dijéramos que yo me descuido... ¡Pero si moza vista por mí, que me convenga, ya tiene el envite encima! ¡Y con too y con ello, siempre envido tarde!... ¡Ahora, dígaseme si esto no es la pura desgracia en carnes vivas!... Corren malas lenguas que too ello es castigo de Dios porque me dejo llevar de la cubicia en esas cosas... ¡Mentira, congrio! Si pongo los ojos en moza que tenga los fisanes, yo tengo la sal pa la puchera... y esto no es ser cubicioso... Quisiera yo ahora mesmo de repente que Pilara no tuviera pan que llevar á la boca... ¡Se vería, congrio, se vería si Quilino la golvía la espalda como se la golverían otros que hoy se beben los aires por ella!... ¡Recongrio, qué personal de moza el suyo!... ¡Y decirme á mí que tengo en más los cuatro intereses que puedan tocarle en el día de mañana, que aquella rebustez de carnes y aquel mirar de ojos... y aquellos!... ¡Recongrio, cómo me gustan á mí las mozas grandes y de güena color! ¡Me alampo, congrio, me alampo por ellas! Y cuanto más grandes, mejor que mejor... ¡Si, pensándolo bien, no sé cómo pude pedir á Quica y á Nestasia, que no me allegan á mí á salva la parte! Y luégo ¡tan esmirriás y bajucas de color!... Pos güeno: yo voy ahora á Las Pozas; voy á verme con Pedro Juan, porque quiero que se me estipule claro eso... Pero ¡recongrio!... ¿qué puede haber visto Pilara en el Josco que no haiga en mí? El Josco, fuera del alma, no tiene sentío corporal: es una pura bestia; y hoy por hoy, está, en punto á intereses, más á esquina viva que yo. Y si levanta media cuarta por encima de mí, y es más doblote y más... ¿qué vale eso, recongrio? ¿Sabe de letra lo que yo sé? Pos no conoce la O... ¿Sabe echar un Kyrie ni entonar solo en una ronda... ni rondar tan siquiera?... ¿Baila él, por si acaso? ¿Se arriesgó en jamás á decir á una moza «güenos ojos tienes?...» ¡Que anda en la mar como por su casa, y que es forzudón en tierra y hace su labor de labranza como la hacen pocos y sin decir jus ni muste, y siempre á su cuento!... ¿Y qué vale eso, recongrio? Yo tamién cumplo con mi deber y llevo mi labor palante sin que me pise naide los pies; y respetive á la mar, nunca en ella anduve; pero si me avezara, nos veríamos, ¡congrio! nos veríamos... Y á más á más, yo canto igual de Iglesia que de too lo que salga; yo sé de pluma como pocos del lugar; yo echo un armón á una pértiga si se me da la herramienta al caso; yo hablo en concejo tomando la vez de mi padre, que no se atrive, y no basta el vecindario entero á tapame la boca cuando se empeña en que yo no soy quién, por hijo de familia, pa decir palabra allí... ¡Recongrio! ¡yo me meto en toas partes en que se meta alma nacía pa hacer lo que haga el más guapo!... ¿Y vale él pa eso, congrio? ¿Se atrive tan siquiera á probar si vale ú no vale? ¡Y con too y con ello, Pilara esperando y esperando á que hable el Josco, y tú, Quilino, á resultas, y güélvete mañana y güélvete otro día!... ¡Recongrio, yo digo otra vez que esto no se puede aguantar en pacencia!
Aquí tiró Quilino el hongo roñoso y descolorido al suelo, con gran furia, y pateó tres veces alrededor de él. Había llegado al portillo que separa las praderas de la sierra calva, y desde allí se columbraba ya el tejado de la casuca del Lebrato. Quilino, después de desahogar con interjecciones y pataleos lo más agrio del repentino berrinchín, pensó que sería muy conveniente, antes de encararse con el Josco, disponer con sosiego el plan, ó siquiera los puntos principales de su embajada; y con esta idea tan cuerda, se sentó en el mismo portillo, que era de vallado, á la sombra proyectada sobre él por el alto y espeso bardal en que estaba embutido.