Sentado Quilino tan guapamente, volvió á funcionar su discurso del siguiente modo:

—Yo voy ahora mesmo á Las Pozas, porque nesecito verme con Pedro Juan. Bien cercuca está ya la su casa: en dos saltucos estoy allá. Curriente... Yo llego á verme con el Josco y le digo: «Pedro Juan, no vengo al auto de lo de ayer tarde en la ré... Tuve un pronto allí, tuvistes tú otro, mos desapartaron... y sacabó esa historia... Yo no te quiero mal, aunque otra cosa te digan malos quereres y piores lenguas; pero bien sabes que me pasa... esto y lo otro y lo de más allá...» ¡Recongrio! que me pasa esto no lo puede negar él; y no pudiendo negarlo, en josticia estoy al hablarle de lo que le hablo. ¡Pos, hombre, podía no conocerlo así!... Curriente. Que lo conoce y me contesta:—«Quilino, ¿qué es lo que quieres de mí?»—«Pos, hombre,» le digo yo, «que anoche estuviste en cá Pilara; que no sé, á la hora presente, si hablastes ú no hablastes en finiquito; y que si hablastes ú no, y si te arrespondió que tales ó que cuales, lo quiero saber de tu boca y no de la suya, pa acabar así primero con esta consumición que me está acabando á mí...» ¡Recongrio! me paece que tamién esto es de lo menos que puede decir un mozo que se ve como yo me veo... Si el Josco fuera un sujeto del aquél de los demás sujetos, no habría qué sobre el caso; pero tras de que nunca es él muy parcial ni explicativo, es hombre de lunas; y cuando la tiene, como paece que la tenía ayer en la Arcillosa, larga la guantá antes que la palabra... Esto hay que conocelo y estimalo en el caso presente; porque ¡recongrio! yo tamién soy hombre de güétagos; y en cuanto doy con otro que tal, me enrito en un periquete y me... Vamos, ¡congrio! que me pierdo... ¡me pierdo!... Pos pinto el caso que le da por la güeña, y me dice:—«Quilino, de eso que deseas saber, no hay ná hasta la presente, porque no solté anoche palabra anguna sobre el particular...» Pos ¡congrio! á un hombre que arresponde esto, bien se le puede decir, sin agraviale:—«Pedro Juan, ó al río ú á la puente: si te paece poco un día, toma dos... ú cuatro ó cinco; pero, pasaos que sean, si no has roto á hablar en ellos, déjame el campo á mí: ya sabes que estoy á resultas...» Pero ¡congrio! (Quilino se levantó de repente, y se arrancó el sombrero de la cabeza.) ¡Si el pior mal consiste en que Pilara está jalando de la lengua á ese animal; y anque él se empeñe en callarse la boca, le ha de hacer ella que cante! (Al suelo el hongo.) Y como él no desea otra cosa... (patadas al sombrero) agarraráse al supuesto pa lograr lo que no puede de por sí sólo... (Más patadas.) ¡Collonazo! ¡Cobardón!... (Amenazas á la casa del Josco, con los puños cerrados.) De modo y manera que el verme yo con el Josco, séase en güeña paz, ó séase en guerra que nos destrompe á los dos, es lo mesmo que empiorar la cosa pa insécula sinfinito... (Recoge el sombrero.) Onde yo tengo que dir ¡recongrio! y va á ser ahora mesmo, es á verme con Pilara. Ella es quien debe decirme lo que pasó anoche allí; y por poco que me quede en limpio, quedaráme el consuelo (puñetazos al hongo) de desfogar la corajina cantándola á la oreja avangelios que la saquen las colores á la cara... ¡Ya verá si no hay más que dar á un hombre como yo con la puerta en los bocicos, como se corrió en la Arcillosa!... Y respetive al Josco... ¡nos veremos tamién en su hora y punto! (Se encasqueta el sombrero.) ¡Ay, recongrio!... ¡qué negro va á ser ese día en Robleces!

Y con esta amenaza entre dientes, tomó Quilino á medio galope, varga arriba, el mismo sendero que acababa de recorrer varga abajo.


VII

CUENTAS DE FAMILIA

Quilino obró como un sabio cuando retrocedió desde el portillo de la sierra. Si llega á bajar á Las Pozas, no vuelve á su casa tan entero como de ella había salido. Estaba el Josco aquella madrugada, que metía miedo.