—Cuenta, Pedro Juan,—le había dicho la noche antes su padre (que ya le esperaba con la torta cocida y la cena dispuesta) en cuanto le vió entrar, de vuelta de su viaje al barrio de la Iglesia.
Pero el Josco, aunque se había sentado á la cabecera del banco que servía á los dos de mesa y de asiento á la vez, ni decía palabra ni probaba bocado. Le daba ira y vergüenza lo encogido y desatento que había estado con Pilara. Al cabo, y en fuerza de apretar el Lebrato, se habían enredado el hijo y el padre en la siguiente conversación, entre mojada de tortuca en la sartén, y pellizcos á la hebra de los mubles recién fritos en ella:
—En primeramente la dí los peces.
—¿Á quién?
—Á ella.
—¿Á Pilara?
—Á Pilara.
—¿Y qué?
—Y que... ná.
—¿Cómo que ná, hombre?