—¡Coles!... que no me atreví tampoco. ¿Lo quiere más claro?
—Pos ¿sabes lo que te digo yo á eso, Pedro Juan? Pos te digo que ¡lástima de peces! Y te digo más: te digo que ¡lástima de calzones que llevas puestos! Faldas de baeta te sentarían mejor. Las cosas claras.
—Respetive á este punto, padre, lo mesmo digo yo de mí mesmo. Vergüenza me da ser tan hombre como soy, y portame como me porto con Pilara... ¡Y si dijiéramos que ella!... Pero ¡coles! ¡si es una dulzura conmigo! ¡Si ella mesma me abre la boca y me pone la palabra en los labios! No me queda ya más trabajo que echarla haza juera... ¡Pos ni eso, coles! ¡ni eso poquitín puedo hacer de por mí solo!... Allí estaba Quilino cuando llegué yo al goterial. Apartóse ella de él, y vínose conmigo hecha unas pascuas en cuanto me vió. ¡Gloria me daba el mirarla, tan arrogantona y tan!... Quilino escapó enestonces ajumando de iras... «Pos voy á dala los peces ahora, díjeme pa mí solo, y pué que así me atriva mejor...» Y la dí los peces; pero por más que los emponderó ella, yo ná, padre, ¡lo mesmo que si me hubiera metío otros tantos en el guandate!... Pude haber roto á hablar si aquello dura, porque era mucho lo que yo me empeñaba en ello; pero antojósele á Pilara enseñar los peces á la gente del portal, llamáronme aentro, dióme vergüenza entrar... y escapéme. Avergonzóme esto más entoavía, y golví... Llamé á Pilara, salió de contao, díjome que me atriviera á decirlo cuanti más luégo... y ¡coles! ¡ni por esas me atreví!... y escapéme otra vez, sin parar hasta la casa de ese hombre. Al golver de ella, Pilara esperándome á la ventana de la cocina; y yo ¡recoles! tapándome las orejas por no oirla tusir de mentirucas, y apretando á correr calleja abajo, como si los demonios me llevaran... y creo que es la pura verdá... Y no hay más que esto, padre... Ahora, déme cuatro mascás, que, por cobardón y baldragas, bien merecías las tengo, ¡recoles!
—No es de ese modo, Pedro Juan, como hay que curarte esa cobardía que paece cuento en un mozo de tantas agallas como tú pa otros particulares de mayor compromiso. La cura esa, bien dicho te tengo cómo se ha de hacer, y así hay que hacerla; y así se hará sin tardar mucho, porque pué llegar el caso, Pedro Juan, y te hablo con la experencia de los años, de que pierdas la güena estima en que la moza te tiene, por esa falta que nunca pega bien en los mozos casaderos. Mal paece un hombre que en tales casos peca de atrevido, y mucho le agobia esa mala fama; pero que te libre Dios de dar en tierra por menosprecio de mujer por lo contrario: no te güelves á levantar en toa tu vida.
—Pos esa es la que me quema á mí tamién, padre, que por demás la conozco.
—Si la conocieras bien y te quemara mucho, otros jueran tus arranques por no caer como lo temo.
—¡Le digo, padre, que me abrasa!... Porque, á más á más de cabeme esos recelos, cá vez estoy más alampao por ella.
—Vamos á cuentas claras, Pedro Juan; y que sean éstas las últimas que echemos sobre el caso. Á la vista está, y bien de veces hemos convenío en ello, que aquí hace falta una mujer, porque el desgubierno en la casa nos come la metá de lo que agenciamos fuera de ella: esa es la ley y lo será siempre en la hacienda de los pobres. Pilara es hacendosa; Pilara es honrá; Pilara es la rebustez y la limpieza andando; Pilara te tiene á tí hasta en más de lo que por mi cuenta mereces, con merecer no poco; Pilara, con su por qué pa el día de mañana, supiendo la probeza y los ahogos de tu padre, güelve las espaldas á más de tres mozos bien pudientes pa darte la cara á tí; en su casa no hay quien no la alabe el gusto; saben que si tu llegas á entrar allí como marido de ella, ha de ser pa traétela á Las Pozas, y con too y con ello te abren las puertas de par en par y te hacen, como el otro que dice, la puente de plata.
No quiero meter en la cuenta, pa el respetive, la güena ley que dende mozos nos tuvimos su padre y yo, por lo que siempre fueron esta casa y la suya como la uña y la carne; pero séase lo que se juere, por unas ó por otras, por lo de acá ó por lo de allá, ó mírese por arriba ó por abajo, Pilara caería aquí como de los mismos cielos de Dios... Y ahora te digo que ha de caer; y pa que caiga, ya que tú no sabes amañarte, me amañaré yo hablando por tí...
—¡Coles, que me da mucha vergüenza eso!