—Más vergüenza debía darte lo otro... Hablará don Alejo si no...

—Tampoco, ¡recoles! Pior que pior.

—Pos no hay otro remedio pa curar los tus males, y con él he de curátelos, Pedro Juan, por éstas que son cruces, si no los curas tú bien aína por tí mesmo. Y dejemos esto aquí, como el acero en su vaina, y vamos al otro particular. ¿Qué te dijo... ese hombre?

—¡Mal rayo le parta!

—¿Eso te dijo?

—Lo digo yo, padre, porque así mesmo lo deseo.

—Mal deseao, Pedro Juan.

—¡Es un retuno desalmao!

—Anque lo sea: no se puede desear mal á naide, por mucho que lo merezca... como ese.

—Pos le daremos confites si no, ¡recoles! ¿Le paece?