—Tampoco, Pedro Juan; que es tan malo no llegar como pasarse... y vamos al punto. ¿Qué te dijo... ese hombre?
—Pos ese hombre me pagó el regalo, ajustándome la cuenta de lo pescao esta tarde en la ré, á peseta la libra.
—Media hora hace, Pedro Juan, que vino á comprarlo en junto la Bisoja, y á tres reales se lo dí, grande con chico. ¿Y qué montante sacaba él?
—Tres duros justos, á ojo de quince libras que él amontonó porque le dió la gana.
—Á tener que pagarlo de su bolsa, ya hobiera corrío menos el peso. Trece libras y media resultaron, que valieron cuarenta reales y medio. Y ¿pa qué te ajustaba esa cuenta, Pedro Juan?
—Pos ¿pa qué había de ser, coles? Pa llamase á la parte.
—¡Alma de Satanincas! Por mucho ruego, pude sacar á la Bisoja tres pesetas de presente. Dios sabe cuándo veremos lo restante, aunque quedó en traelo mañana antes de la otra ré. Y tú ¿qué le dijistes?
—Se las canté claras. Sólo que hubiera querío yo cantáselas á guantás, mejor que con la lengua.
—No te diré que no lo mereciera bien; pero, por sí ó por no, Pedro Juan, nunca te dejes llevar de súpitos cuando con él te veas.
—¡Ésta es más gorda, coles!