VIII

EL MÉDICO DON ELÍAS

La casa de don Elías era la anteúltima del barrio de la Iglesia por aquel lado en cuya dirección iba él, y se llamaba la casa de los Médicos, por ser la que habitaban todos los titulares del lugar. No servía para otra cosa en un pueblo de labradores, por su relativa pequeñez y aseñorada disposición, ni en el pueblo la había semejante para cumplir los destinos que le habían valido el mote. Cuatro paredes lisas, dos de ellas ciegas, con balcón y dos ventanas en la del Sur, y otras dos ventanas en la del saliente; un tejado de dos aguas con buhardilla y chimenea; la puerta de ingreso debajo del balcón, y un huertuco arrimado á la pared del Este. Tal era por fuera. Por dentro: la planta baja con el arranque de la escalera en el fondo; á la izquierda un pesebre que en tiempos de don Elías sólo sirvió de albergadero de gallinas, y lo restante para vestíbulo y leñera, sin solución de continuidad. En el piso, una salita, que también servía de comedor y, cuando caía una consulta, de despacho del médico; tres alcobas y la cocina. En lo alto, un desván en el que no se podía andar de pie; y paren ustedes de contar.

Allí moraba don Elías con su mujer, tullida por el reúma y encamada seis años hacía, y cuatro hijas mozas, con unos genios y unas inquietudes que no cabrían en la sierra del lugar. No podía calcularse, á ojo, la edad de ninguna de las cuatro: cada una de ellas parecía más vieja que las otras tres; y todas juntas daban, de pronto, la idea de un montón de orujo, resultante de una cosecha exprimida fuera de sazón. No se me ocurre comparación más adecuada al aspecto y atavío de aquellas cuatro mozas. Su padre andaría rayando con los sesenta años, y llevaba trece de médico de Robleces. Á Robleces fué á parar desde tierra de Campos, de donde era nativo; y se había casado en un pueblo de la Rioja, cuyo partido sirvió apenas licenciado en su carrera. Allí pasó dos años, y tuvo la primera hija; á los otros dos, la segunda en la provincia de Burgos; y con los mismos intervalos, mes abajo, mes arriba, la tercera en la provincia de Valladolid, y la cuarta en la de Palencia; con lo que se deja comprender que no calentaba gran cosa los partidos, en los primeros diez años de profesión, el médico don Elías. Tampoco los calentó mucho más en lo sucesivo; pues si de los primeros le arrojaban, ya su mala estrella, ya la ilusión de conjurarla cambiando de postura, de los siguientes le fueron echando las hijas á medida que crecían, y la madre de las hijas según iba viéndolas casaderas, movidas una y otras del mismo impulso y de las propias intenciones, siempre y en todas partes malogradas. De estos fracasos era producto la costumbre de echar pestes aquellas mujeres contra el lugarejo en que residían, al paso que suspiraban por los que iban dejando atrás. Pero de ninguno renegaron y maldijeron tanto como de Robleces, con sus heredades de borona, sus prados rozagantes, sus cajigales frondosos, sus callejones embovedados de bardales, sus brisas húmedas, su cielo nebuloso y sus aldeanos cantadores y en pernetas, que les producían la nostalgia de las llanuras sin fin, del suelo con rastrojos amarillos, del sol de la chicharra en un cielo que se perdía de vista, y de las gentes que le resistían impasibles y taciturnas, envueltas en paño negro, de los pies á la cabeza. Esto era la hermosura, la abundancia y la vida; Robleces la tristeza, la escasez y la muerte. ¡Ah! si su madre no estuviera como estaba tantos años hacía, y por culpa de la indecente charca en que habían caído, ¡qué pronto la hubieran perdido de vista! ¡Allí se habían arruinado ellas; allí habían consumido el caudal que trajeron de reserva, por ahorros en otros partidos y restos de la millonada que fué «de la familia,» y desleales depositarios se comieron de la noche á la mañana! En tal parte ganaba don Elías dos mil duros en metálico y trescientas fanegas de trigo, sin contar el filón de las consultas que acudían de seis leguas á la redonda; en tal otra aún ganaba mucho más, y en cual otra, mucho más todavía; y en cualquiera de esas partes vestían ellas de seda, y andaba la plata maciza tirada por los suelos de la casa. Y todo, todo y otro tanto más, se había confundido en Robleces, donde su madre estaba agonizando y ellas vestían percal, y de los ocho prometidos á su padre por el ayuntamiento y los vecinos, no recaudaban á veces la mitad.

Y por esto, maldición va, improperio viene; y una pelotera con cada vecina que entraba por aquellas puertas, lo mismo que si fuera verdad lo de las grandezas pasadas y la millonada «de la familia,» y como si los de Robleces se lo hubieran comido, y no hubieran gastado las maldicientes el mismo pelaje que en Robleces en cada lugar de la tierra que habían habitado.

Pero lo verdaderamente curioso de esta manía, era que don Elías estaba también contaminado de ella, y que en fuerza de oirlo y de soñarlo, había concluído por creer á puño cerrado que antes de venir á Robleces vestían de seda su mujer y sus hijas, andaba la plata tirada por los suelos de la casa, y hubo «en la familia» una herencia de treinta millones, de un indiano de Méjico, primo hermano de su padre, la cual herencia, apenas empezada á repartir entre los parientes del difunto, desapareció en la ruína fraudulenta de un banquero de Madrid, que la tenía en depósito.

Pero don Elías no injuriaba á nadie más que al banquero, ni pedía cuentas á los vecinos de Robleces de los millones estafados ni de las grandezas fenecidas: antes al contrario, hablaba de todo ello siempre que podía traerlo á colación, y lo traía á cada instante, en tono triste y lamentoso (en ocasiones lloraba); y con tal lujo de pormenores lo refería, que el oyente más incrédulo vacilaba ya. ¿Y cómo tomar por embustero á aquel hombre tan optimista en todo, tan placentero y campechano, con aquella cara bonachona y aquel aire de señor de aldea, pero de los limpios y bien hablados? Era preciso estar más avezado á estudiar caracteres de lo que estaban los rústicos vecinos de Robleces, para conocer de pronto todo lo que había de candor pueril, de histerismo, de inexperiencia y de ignorancia, en el fondo de aquel sujeto, cuya palabra era abundante y jamás mentirosa, si no hemos de entender por mentira todo lo que se dice ajustado á lo que se cree y se siente, aunque sea lo contrario de la verdad.

En los momentos de sus grandes alucinaciones, hasta se olvidaba el infeliz de que su vida profesional fuera de Robleces había sido también una lucha incesante contra la mala suerte que le arrojaba en los partidos más pobres; de las torturas en que ponía el ingenio para inventar específicos ó acometer especulaciones con qué suplir lo que no daba el partido para matar el hambre, nunca satisfecha, de su familia; y de que había sido tan poco afortunado en sus invenciones científicas y en sus empresas industriales, como en la lotería de los partidos médicos.

Pero pasaba la fiebre; y allí estaba don Elías tan campante, husmeándolo todo y sabiéndose de memoria el lugar, de punta á cabo, por dentro y por fuera, pescando al aire un indicio y trepando por él hasta dar con lo cierto ó con lo que por tal se le antojaba; previéndolo todo... después de haber sucedido, y no asombrándose de nada; haciendo misterio de las cosas más triviales; tragándose los mayores absurdos si traían consigo conflictos y perturbaciones; creyendo en aparecidos; conversando de estas cosas con sus enfermos más que de la enfermedad, y devanándose los sesos para discurrir una industria que le proporcionara un mediano sobresueldo. ¡Una industria! Á montones las había capaces de producirle regatos de oro. Pero ¿cuál de ellas no pedía otro de plata para romper á andar? Y ¿dónde tenía él esa plata?