Sin ir más lejos, allí mismo, en Robleces, había una mina sabiéndola explotar bien. ¡Cuántas indagaciones, cuántas horas de velar, cuántos cálculos de pluma le había costado el convencerse de ello! Pero ¿qué adelantaba con estar convencido, si le faltaba lo de siempre, el vil puñado de monedas? Cierto que lo que no hay en casa, puede buscarse en la ajena; pero esas pescas de dinero hay que hacerlas con cebo de cosa que lo valga; y él, en realidad de verdad, ni lo tenía ni lo había tenido en los días de su vida, y por eso ni en Robleces ni fuera de Robleces había logrado plantear negocio que valiera dos cuartos. También sobre esto había cavilado mucho en Robleces, y cavilando y cavilando á medida que crecían las angustias de su hogar con la eterna agonía de la médica, y llegando, por funesta casualidad, á faltarle más de un tercio de la asignación anual por ahogos del municipio y escaseces de los asalariados, tales fueron las de su casa, que se resolvió á llamar á las puertas de la única en que había lo que él necesitaba, casi seguro de que no habían de dárselo. Pero como él decía: «el no, conmigo le llevo; y menos que esto no he de sacar;» y, por último, «yo me ahogo, él es un clavo, y al clavo me agarro, aunque me abrase.»
Con estos alientos en el ánimo, recién hechos, como quien dice, caminaba don Elías aquella noche en que le conoció el lector, hacia su casa, después de terminada su visita, temiendo hallar á la puerta alguna nueva llamada, y con dudas muy fundadas de no tener qué cenar.
No hubo llamada esperándole á la puerta; pero sí grandes señales de haber arriba tiberio gordo. Esto no le apuró maldita la cosa, por ser lo diario y corriente en su casa. Empujó la puerta que estaba arrimada, encendió una cerilla y subió al piso. En el cual se halló á la vallisoletana tirando de la greña á la burgalesa, y á la riojana enredada á denuestos con la palentina, mientras de la alcoba inmediata (porque esto ocurría en la salita) salían, como del fondo de un sepulcro, los ayes angustiosos de la médica. Por el suelo había chancletas esparcidas, y se mascaba el polvo del ambiente.
No se cansó don Elías en preguntar el por qué de aquella pelamesa, ni tampoco en el intento de conjurarla. Dejó que se acabara ella sola, y entró en la alcoba de su mujer para hacerla maquinalmente las preguntas de costumbre y oir los quejidos y lamentaciones de todos los días.
Cuando notó que había cesado lo de afuera volvió á la salita, que no tenía más luz que la que le tocaba de un cabo de vela que ardía muy escondido á la puerta de la alcoba. Preguntó si había qué cenar; y como quisieran las mujeres hacerle juez en la querella mal apaciguada, ocultóse otra vez junto á la enferma sin responder á su pregunta ni desplegar sus labios. Al fin, sobre una mesita de pino que había en la sala, fueron poniendo sus hijas, con airados ademanes y mucho golpeteo, un perol de sopas de ajo, media torta de pan, un huevo pasado por agua, un pedazo de queso duro y un cortadillo de vino tinto. Salió don Elías; cenaron todos de aquello, menos del huevo, que, como el vino, se le sorbió el médico solo; y después de dar el último caldo á la enferma, fueron los sanos á recogerse, no sé cómo ni dónde, porque eran otros tantos misterios impenetrables las alcobas de aquella casa, en cuyas «buenas camas» había que creer por lo que las ponderaba don Elías en todas partes.
Y vamos al caso, que ya es hora.
Don Elías se esmeró en su equipaje al día siguiente más que lo usual; es decir, se puso camisa limpia, la corbata de lunares y el sombrero bueno; porque en cuanto á vestido, jamás tuvo otro que el puesto, intachable, eso sí, de limpieza y buen caer, pues el hombre era como los mismos oros y sabía llevar la ropa, que es un don como otro cualquiera; se echó en el bolsillo más hondo de su gabán unos papelotes; hizo apresuradamente la visita á los dos enfermos que tenía en el barrio, dejando las restantes para la tarde; y á punto de las diez de la mañana, estaba ya en el estragal de don Baltasar Gómez de la Tejera llamando con el puño de su bastón en la media puerta cerrada. Mandáronle desde arriba que subiera, y subió golpeando mucho los peldaños y tosiendo recio, como quien pisa terreno conocido sin miedo alguno y sin maldita la necesidad.
Recibióle don Baltasar en mangas de camisa y con un horcón en la mano, porque acababa de amparar con una laña bien clavada la punta que se le resentía; y le dijo plantándosele delante y cortándole el saludo comenzado:
—Pues ¿quién desea morirse aquí sin que yo lo sepa?
Don Elías sintió entonces que se le enfriaban mucho los ánimos; no porque hubiera pescado la malicia del apóstrofe, que para esto no era tan hábil como para armar torres y montañas sobre el dicho ó el hecho más trivial que corriera por el pueblo, sino porque él llevaba imaginado el argumento de la visita, y en ese argumento no entraban ni las palabras, ni el tono, ni el aire con que don Baltasar acababa de saludarle... Á esto achacaba el buen don Elías su repentino encogimiento; pero el verdadero motivo consistía en que el pobre médico se pasaba de sencillo y tenía más valor para resistir su pobreza que para pedir á un rico la limosna de su amparo; y á los temperamentos así, todo ruido les suena á desaire y menosprecio. Fuera lo que fuese, sucedió que don Elías, sombrero en mano y con el escaso valor que le quedaba, respondió así á la pregunta del Berrugo: