—Ni Dios lo permita, señor don Baltasar... Lo que hay es que me caminaba de la visita, ¿está usted? y pasando por delante de la portalada, me dije: «¡vaya una temporada que hace que no he estado yo en esta casa! Pues vamos adentro á saludar á esos señores... y quizás del tiro hable yo al señor don Baltasar de un asunto que puede importarle.»
Don Baltasar se hizo el admirado de lo del asunto que podía importarle; y mientras se resobaba la barbilla con la mano libre, exclamó:
—¡Hola, hola! ¿Conque nada menos que eso? ¡Vea usted cómo, por donde menos se piensa suele venir la fortuna!
—No lo dije por tanto, señor don Baltasar; pero ya que estamos en ello... valga poco ó valga mucho, hablándolo puede verse.
—¿Y usted desea que hablemos de ese asunto?
—Si usted me concede ese favor...
—Yo, señor don Elías—dijo entonces el Berrugo andando hacia la sala, después de haber echado por delante con un ademán expresivo al médico,—siempre estoy dispuesto á conceder cuanto se me pida, no siendo dinero; porque ese, para mí le quisiera yo.
Esta advertencia fué otro jarro de agua para don Elías; el cual, sin darse por entendido, dijo según iba andando y sin volver la cara:
—¿Supongo que doña Inesita y doña Romana seguirán tan buenas como siempre?
—¿Doña Inesita y doña... quién?—preguntó don Baltasar con una fuerza de acento en el quién, que la sintió don Elías en los ríñones, lo mismo que si por allí le hubiera atravesado el Berrugo con las puntas del horcón.