—La señora Romana, quise decir—replicó en seguida el médico, subiéndole fuego hasta las orejas;—sólo que como ella es tan... vamos, tan digna... por su...
En esto dió un horconazo en el suelo don Baltasar, y dijo á don Elías, hallándose ya ambos en la sala y junto á las primeras sillas:
—Aquí.
El médico se dejó caer en una, como herido del rayo, y el Berrugo cogió otra y se sentó enfrente de él sin soltar de las manos el horcón, puntas arriba. Parecióle increíble; pero hubiera jurado don Elías que lo que le iba poniendo nervioso era la visión incesante del trasto aquél.
Sentados ya los dos personajes, el de fuera se encontró sin ánimos bastantes para exponer su demanda con el método y el arte que él había ideado en sus repetidos ensayos, á fin de que el negocio resultara á la luz y á la altura que pedía para que se viera como debía ser visto; y comprendiendo que entrar con falta de alientos y sin pizca de serenidad en una batalla, es lo mismo que perderla, acudió al recurso que nunca le faltaba para enardecerse un poco: á traer á la memoria aquellos treinta millones heredados por «la familia,» y aquellos tiempos en que las mujeres de la suya vestían seda, y andaba la plata maciza tirada por los suelos de la casa. Y, efectivamente, lanzar sus recuerdos á orearse en el florido campo de aquellas magnificencias, y comenzar el hombre á trasudar, á revolverse en la silla, á echar lumbre por los ojos y á redoblar en el suelo con la contera del bastón, fué todo uno. Ya estaba en lo firme; ya no se le daba una higa por la cara mordaz del Berrugo ni por el horcón que tenía entre manos. Expondría su pretensión; se reiría de ella el avaro ó no se reiría: lo mismo le daba: él habría desarrollado en toda su pompa el cuadro de sus pasadas grandezas; el grosero jándalo le habría visto, deslumbrándose; y, cuando menos, siempre quedaría patente el derecho que tenía un hombre que fué tan poderoso, á pedir en días de decadencia el auxilio de un patán afortunado. Atrincherado de tal suerte, don Elías rompió el fuego en estos términos, después de pasarse el pañuelo por la frente enardecida y sudorosa:
—Cuando se perdieron en la quiebra del Marqués aquellos treinta millones de la familia...
—¿Cuántos millones?—preguntó socarronamente don Baltasar, bamboleando un poco el cuerpo medio colgado con las manos del mango del horcón.
—Treinta, más que menos,—respondió hasta con altivez don Elías, después de carraspear y de estremecerse un poco.
—Preguntábalo porque me pareció haberle oído á usted en otra ocasión que los millones esos no eran tantos.
—Treinta han sido siempre: créalo usted—repuso don Elías con el más admirable de los aplomos.—Los estoy viendo á cada hora, lo mismo que si los tuviera en la mano, en onzas de oro... Porque así vinieron de América, señor don Baltasar, ¡en onzas de oro!... y en onzas de oro los apandó aquella garduña de Madrid; y en onzas de oro comenzó á hacer el reparto del caudal, recreándose ya en la zancadilla que nos tenía armada. Toma tú tres, toma tú dos y medio, porque los negocios así y los cambios de otra manera, á mi padre le engatusó por el pronto con la miseria de veinticinco mil duros, á cuenta de los catorce millones que le correspondían á él solo como principal heredero, por pariente más cercano de mi difunto tío... Semanas van, meses vienen: el Marqués no volvía á resollar; mi padre le escribía carta sobre carta; el hombre no las contestaba... hasta que, amigo de Dios, un día... ¡zás! (aquí la voz del médico comenzó á ser cavernosa, la mirada de loco y el ademán melodramático), de golpe y porrazo, la noticia de que el banquero se había presentado en quiebra con un pasivo de doscientos cincuenta millones... de pesos fuertes... ¡Toda nuestra fortuna al suelo, de la noche á la mañana!... ¡Aquel capitalazo, hecho polvo de repente, y la familia rodando desde las mayores alturas del esplendor, hasta la pura miseria!