En aquellos momentos don Elías tenía los ojos arrasados en lágrimas. Don Baltasar, que no podía oir hablar de millones sin sentir la nostalgia de ellos, olvidado por un instante de que trataba con un iluso, ó no queriendo, ni en broma, transigir con la impunidad de tamaños delitos, preguntó con una seriedad y un interés dignos de su interlocutor:

—Pero, hombre, y esos tribunales de justicia ¿no valen para nada?

En seguida conoció don Elías que el sujeto aquél estaba agarrado por el interés conmovedor de la historia. Enternecióle esto mucho más, lanzó dos sollozos y respondió, corriéndole las lágrimas por la faz abajo:

—¿Y qué tribunal se atreve, señor don Baltasar, con un hombre que quiebra de ese modo? ¿Qué juez ni qué emperador le mete mano?... Mi padre pensaba como usted... ¡Ojalá no hubiera pensado tal! pues por sostener sus derechos, dejó en manos de la justicia los veinticinco mil duros que había recibido á cuenta, y cerca de otros tantos que eran de su patrimonio. (Aquí una pausa con puchero.) Por lo demás, bien se sabe quién le hizo la puerta de escape al ladrón, y cuánto costó hacerla; qué personaje tomó cinco, y qué otro recibió diez; y se pasmaría usted si yo le dijera hasta qué alturas llegaron esos caudales, y qué manos se ensuciaron en ellos. (Otra pausa sin sollozo, pero con suspiro hondo.) En fin, mejor es no hablar de estas cosas. (Exaltándose un poco.) Pero le aseguro á usted que si á contar me pusiera, tendríamos tela para lo que falta de año, y sin cerrar boca... El único consuelo que nos ha quedado, si consuelo puede llamarse, es que el facineroso no gozó mucho tiempo el fruto de su rapiña. Pasó á París de Francia, donde estaba ya á buen recaudo lo nuestro y lo de otros infelices; dióse allí á la orgía y al vicio sin freno, y acabó malamente, comido de enfermedades viles y asquerosas...

Fuera por haber caído ya de su burro, ó porque considerara bastante castigado al ladrón con aquella clase de muerte, don Baltasar cortó aquí el relato de don Elías con un horconazo en el suelo y estas palabras imperiosas:

—Al caso.

—Vuelvo á él—respondió don Elías dócilmente, y aun muy satisfecho del éxito de la primera parte de su empresa.—Cuando se perdieron en la quiebra dicha aquellos treinta millones de la familia...

—¿Otra vez?

—Es para mejor empalme del relato, señor don Baltasar... Digo que cuando se perdieron aquellos treinta millones de la familia, me hallaba yo á pique de finar la carrera, carrera que yo estudiaba de puro lujo desde que se supo en España la muerte de mi tío en Méjico y la atrocidad de caudal que nos dejaba. Fortuna que no me cegó la pompa, y que, contra lo que mi padre quería, seguí dándole firme á los libros, por un por si acaso. ¡Bien pronto llegó, señor don Baltasar! Recibí el título amargado con las pesadumbres propias de nuestra desgracia; salióme un partido en la Rioja... y á la Rioja me fuí de médico, también contra el consejo de mi padre, que quería dejarme en Madrid á la sombra de los grandes y poderosos amigos que tenía por allá, y bien seguro de hacerme facultativo de viso y nota en poco tiempo... Caí en gracia en el partido y gané un dineral en él. Caséme allí y puse á la médica en el rango que la correspondía. Tuve una hija que se envolvió en bien finos pañales; solicitáronme luégo con gran empeño desde Zamarrillas, uno de los mejores partidos de la provincia de Valladolid, y fuíme allá. Me pagaban de lo bien, y yo sacaba más de otro tanto por fuera de mi obligación. También dejé esta mina por otra, y la otra por la de más allá; y así, señor don Baltasar, aumentándoseme las hijas y los haberes según cambiaba de lugares, mi casa parecía un platal, y la familia relumbraba de nutrida y bien puesta. ¡Tonto de mí que tanto trabajé para que no se colocaran las cuatro chicas con las brillantes proporciones, que las perseguían por donde quiera que andaban!... ¡Ya se ve: todo me parecía poco para ellas! Otro gallo las cantara... y también á su padre, desde que vino la negra para todos. Y la negra fué que la suerte se cansó de ampararme en cuanto bajé de Castilla y entré en este pueblo con mis cinco carros de equipaje; porque no traje menos, como fué público y notorio... Se acabó el sobresueldo, porque chismes y malos quereres lo prepararon así; y hubo que comer de lo ahorrado; y ¡allá van las onzas de reserva! ¡y allá los cubiertos de plata por docenas!... ¡y allá las sobrecamas de seda fina!...

—Pero, señor don Elías—dijo aquí don Baltasar que, colgado como siempre del horcón no apartaba los ojos de los del médico:—paso lo de los cinco carros de equipaje, porque no los ví, y paso lo de las minas que iba dejando usted atrás, porque me basta que usted lo afirme; pero tantas onzas de oro y tantas colchas de seda y tantos cubiertos de plata echados á la calle para jamar de ello desde que vino usted á Robleces, antójaseme demasiado apetito ó muy mala administración.