—Le canto á usted el Evangelio, señor don Baltasar—respondió el médico sin detenerse delante del reparo.—Esto se prueba al aire y cuando se quiera, porque es de las cuentas que se sacan por los dedos... ¿Usted sabe lo que ha consumido solamente la médica en los años que se lleva metida en la cama, y antes de meterse en ella, de estos baños á los otros y de estas aguas á las de más allá?
Don Baltasar, que después de hechas las observaciones que le valieron esta réplica, había reclinado la frente sobre las manos con que empuñaba el horcón, la alzó de pronto; y dando otro horconazo en el suelo, volvió á decir á don Elías, en el mismo tono imperioso de la otra vez:
—¡Al caso!
—Iba á tratar de él en este instante, señor don Baltasar—replicó don Elías acudiendo presuroso á la advertencia.—El caso es—continuó,—que desde que estoy en Robleces, me despistojo y me aso, y atormento el magín para buscar una industria que me ayude á salir avante con la carga que tengo sobre mí; que todo cuanto he discurrido me ha fallado; que las cosas se van poniendo en mi casa de modo que ya no dan espera, y que estoy resuelto á probar el último recurso, para llevar á cabo mi idea, que no puede mentir, según yo la tengo pesada y medida.
El Berrugo había vuelto á reclinar la cabeza sobre las manos; y don Elías, muy satisfecho de ello, hizo un alto en su discurso, como para adquirir nuevos alientos. Después continuó así, para aplazar otro poco la verdadera entrada ea el asunto.
—Lo cierto es, señor don Baltasar, que mi situación tiene bien poco de envidiable. Cuento ya sesenta años, y llevo treinta y cinco de médico de partido, sin un solo día de descanso, sin una sola noche de dormir con tranquilidad... No tengo un vicio de que arrepentirme... ¡ni siquiera fumo!... Como lo que me dan; á veces... nada, porque no lo hay... Gano una miseria, y esa mal cobrada; me debe este vecindario más del tercio de mis sueldos desde que vine... ¡Lo juro por Dios que me oye! Reclamo las deudas, y casi se ríen de mí los deudores; porque lo que se niega al médico no se toma á pecado. Ya se ve, ¡gasta levita! ¡Si ellos supieran que no hay maldición que pese tanto como la levita de los pobres!... Pero si no me paga el concejo, tengo consultas, apelaciones... Es verdad: de higos á brevas llega á mi casa un enfermo de algún lugarejo de los más cercanos (cuando no le vuelven desde el camino con calumniosos informes los que aquí no me quieren bien); me entretiene hora y media para explicarme mal lo que le duele; gasto yo cerca de otro tanto en decirle lo que es y cómo debe curarse; le pido al fin tres pesetas por mí trabajo; parécele mucho, y empieza á llorarme desventuras; y por no perderlo todo, tengo que conformarme con la mitad... cuando no me la queda á deber para no pagármela nunca. Alguna que otra visita cae fuera de Robleces... Pues ande usted legua y media á pata, porque nunca me dió el oficio para el lujo de una caballería de las peores... ande usted legua y media así por montes y barrancos, y otra legua y media de vuelta; sude usted los hígados y eche la entraña por la boca, ó métase usted en el barro hasta los corvejones y cálese de agua hasta los huesos, y tómese para regalo del estómago y compostura de los zapatos que ha roto, ese medio duro ó esas cuatro pesetas que le valió la salida... Esta es la verdad... ¡la triste verdad!... Y viva usted así, señor don Baltasar, con cinco mujeres en casa, una de ellas tullida, y las otras... medio desnudas, desesperadas y hambrientas, porque son las hijas del médico y no pueden ir á ganar la comida sallando los maizales del vecino... No tengo deudas, es cierto; pero falta saber si podría tenerlas aunque quisiera. Al labriego más pobre no le niega nadie una peseta, porque, cuando menos, tiene un azadón que lo vale; el médico no tiene nada, nada con que responder, si no es la negra cruz de su levita... De esta manera ¡bueno está de considerar! la vida no es vida, la salud se quebranta... el humor se ennegrece... falta muy á menudo la paz en la familia; y á fuerza de ver uno pura tiniebla donde quiera que pone los ojos... créame usted, señor don Baltasar, casi tengo por afortunados á los pobres enfermos que acaban entre mis manos...
También era triste, bien triste, la voz de don Elías cuando hablaba así, y también acabó de hablar brotándole gruesas lágrimas de los ojos; pero éstos no chispeaban ni aquélla era forzada y teatral como la otra vez, por obra de un sacudimiento del organismo impresionado pon una visión histérica. El último relato era la realidad, un pedazo de la vida del relatante; y las lágrimas que lloraban sus ojos, venían derecha y sosegadamente del fondo del corazón. Pero como esta vez no se trataba de millones estafados, don Baltasar no se interesó poco ni mucho en aquel triste capítulo de la historia del médico; lejos de interesarse, y mucho más de conmoverse, alzó la cabeza que había tenido apoyada sobre las manos, y manifestó sus impaciencias inclementes con un nuevo horconazo en el suelo y estas palabras, bien duras de acento:
—¡Al caso, don Elías, que me voy aburriendo y tengo que hacer!
Y á echarse iba en él de golpe y porrazo don Elías, después de suspirar muy hondo, cuando entró Inés en la sala para advertir á su padre que le llamaban abajo, no sé para qué menesteres.
—Pues ya hablaremos en mejor ocasión,—dijo don Elías dispuesto á marcharse, después de haber saludado á Inés y al ver que don Baltasar se levantaba de la silla.