Y la mujer era de suma necesidad en aquella casa tan falta de gobierno y del aseo que no pueden tener dos hombres rudos, esclavos además de un incesante trabajo. Pedro Juan tenía una hermana; pero esta hermana estaba casada y llena de familia; y aunque vivía también en Las Pozas, harto tenía que hacer en su propia casa para pensar en el arreglo de la de su padre. Gracias que cada ocho días les lavaba la ropa blanca, y cada quince daba un recorrido á los pobres trastos del hogar, y remendaba lo más apremiante de lo roto, y en los grandes apuros les echaban, ella y «el su hombre,» una mano á las faenas. Y para eso, ¡qué ponderar la ayuda y los ahogos, y qué zamparse la familia entera las hogazas y los torreznos de los pobres solitarios, en un par de comidas y otras tantas cenas!

Con ser tanto lo que ocupaban al padre y al hijo los trabajos de la ría, esto no era para ellos más que lo accesorio, ó «ayuda de costas:» lo principal era la labranza de unas tierras y el cuidado de unos animales. Así andaba en aquella pobre casuca revuelto lo marino con lo campestre: la red con el arado, el remo con el horcón; y en la socarreña adjunta, el aparejo de la barquía sobre la pértiga del carro. Tiempos hubo en que las tierras y el ganado y la casa y cuanto en ella se contenía, fueron de la propiedad del Lebrato, parte de ello por herencia, y el resto adquirido con los doblones venidos de Cochinchina; pero á aquellos tiempos bonancibles y prósperos, sucedieron otros bien adversos; largas y crueles enfermedades que, tras de dejar viudo al pobre hombre, le costaron buenos dineros; plagas que arruinaron las cosechas y diezmaron los ganados; el fisco, que no repara cosa mayor en tales desventuras para llevarse, por buenas ó por malas, lo mejor de la hacienda del atribulado... y lo que de todo esto se sigue por ley fatal de las desdichas humanas; y Juan Pedro tuvo que acudir al anticipo, y después al préstamo con hipoteca; y como cayó en malas manos para todos estos delicados tejemanejes, de la noche á la mañana se vió convertido, de acomodado propietario, en simple y menesteroso rentero de su prestamista, que aún le ponderaba este favor, pues derecho tenía para arrojarle de casa y buscar otro colono para sus tierras y ganados. Convenía el Lebrato en ello; y lejos de amilanarse por tan poca cosa, sin perder su buen humor ni verse un frunce de más ni de menos en sus ojillos risoteros, se lanzaba con doble ahinco á sus bregas de pescador, para sacar de ellas el dinero que le costaban la escasa borona que le nutría el demacrado cuerpo, y los míseros trapos en que le envolvía.

Á Pedro Juan no le alcanzaron más que los tiempos malos; con lo cual y la singular contextura de su naturaleza, se acomodó sin esfuerzo á lo que ellos daban de sí buenamente, que era bien poco y bien arrastrado en su mayor parte.

Y así y con otros trabajillos que no andaban tan á la vista como ello, iban tirando de la vida el padre y el hijo al tener yo el gusto de presentárselos al lector bondadoso, metidos hasta las choquezuelas en la basa de la Arcillosa, cerquita de su empalme con la ría; clavando con picachos de madera la parte inferior de una red que alcanzaba de orilla á orilla; plegando luégo el resto sobre lo clavado en el suelo; afirmándolo allí con cantos sobrepuestos para que no se recelaran los pescados ni la levantara la marea según fuera ésta subiendo, y atando, por último, en lo alto de cada orilla del ancho cauce, las dos cuerdas que arrancaban de los dos extremos de la red oculta. La misma operación hicieron en seguida en los dos únicos portillos de la Arcillosa, que, aunque lejana, tenían comunicación con la gran arteria de la ría. Terminadas estas operaciones, que no duraron menos de dos horas, padre é hijo emprendieron la vuelta á casa, á ratos por el fango del estero, y á ratos por la junquera, según fueran ó no accesibles sin esfuerzo los islotes del atajo.

Mediaba el mes de junio: las mareas eran vivas, el día espléndido, y aquella red, la primera que echaba el Lebrato en el vagar que le ofrecían sus trabajos campestres, entre el resallo y la siega.

Antes de comer lo poco y mal condimentado que les aguardaba arrimado en un pucherete á la lumbre mortecina, ya estaban el padre y el hijo Arcillosa arriba en su chalana, porque la pleamar exacta era á las doce, y había que levantar la red un buen rato antes de iniciarse el descenso de las aguas. Cuando llegó el momento esperado, cada cual haló desde la orilla en que estaba del correspondiente cabo, que volvió á ser amarrado bien tirante á la respectiva estaca, en cuanto la red quedó alzada más de tres palmos sobre la marea; precaución bien tomada, porque el muble no es pez que se deja arrinconar por barreras que puedan franquearse con un salto de una tercia. Levantadas de igual modo las redes en los dos portillos, los rederos se volvieron á casa á zamparse la insípida puchera, en paz y en gracia de Dios, mientras la línea negra que trazaba la red sobre la tersa y brillante superficie de las aguas, advertía á los muchos aficionados del lugar que apercibieran sus morrales y retuelles.

Y no fué desairado el aviso, pues desde más de una hora antes de la bajamar, ya comenzaron á salir de los tres barrios, triscando como potros bravíos, con el morral al costado, el retuelle al hombro, las perneras remangadas hasta las ingles, los pies descalzos, los brazos en cueros vivos y la cabeza hecha un bardal, cerca de dos docenas de mozuelos y más de seis mocetones, que no pararon de correr hasta la casa misma de los rederos, donde tomaban de memoria el número que había de corresponderles en la fila, según el orden en que iban llegando.

Cuando no quedó en la Arcillosa más agua que la contenida en su canal angosta, se formó dentro de ella, y en el orden indicado, la fila, de uno en uno, detrás de los rederos y su familia. Iban, pues, delante de todos, el Lebrato, su hijo y tres nietos. Tenían los rederos ese privilegio en compensación del derecho que asistía á sus convecinos, y no se sabe por qué, para tomar parte en toda pesca preparada de igual modo en la ribera del lugar.

La fila no bajaba de treinta cuando el Lebrato se agazapó y comenzó á andar Arcillosa arriba, á pasos muy cortos y muy lentos, arrastrando al mismo tiempo la mitad del aro de su retuelle por el suelo de la canal; y los que le seguían, imitando su ejemplo, se fueron humillando uno por uno, dando con sus oscilaciones y bamboleos tal aspecto á la procesión, que más parecía revolcarse que caminar. Como el diámetro de los retuelles no era menor que el ancho de la canal, evidente es que cada pescador no podía contar con otros peces que los que se escabulleran, casi de milagro, por los resquicios ó las mallas del retuelle del que le precedía. De este modo, calcúlese lo que le alcanzaría al que formaba en la cola, por cada libra de pescado que embaulara el Lebrato en su morral. Ni los cámbaros llegaban esa vez al retuelle del muchacho que hacía en la procesión el número treinta.

Pues aún hubo aquella tarde quien hizo el de treinta y uno; porque á deshora y cuando ya iba la procesión bien apartada de la orilla, llegó Quilino, un mozo del barrio de la Iglesia que siempre iba el último á todas partes y donde quiera estaba de más; y hasta en negocios de amor (lo único en que acertaba á madrugar como nadie, porque era enamoradote y rijoso como él solo) le dejaban «á resultas» y en «veremos,» como le estaba pasando entonces con Pilara, que no se resolvía á darle el sí en tanto no hablara el Josco que, á lo que parecía, «pensaba en hablar.» Con estas cosas se ponía Quilino que ardía. Llegó á la red echando los hígados por la boca de tanto correr, y muy arremangado de camisa y perneras, pero sin retuelle ni morral: no llevaba más que una talega, como de medio celemín. Se lanzó á la basa, entró en la canal y comenzó á arrastrar la talega, cuya boca mantenía medio abierta con la ayuda de una velorta recién cortada en el camino. Rastreando así con gran dificultad, porque la talega era de lienzo bien tupido y oponía gran resistencia al agua que entraba en ella para no salir si no la echaban por donde había entrado, llegó á la cola de la fila con dos cámbaros chicos, tres esquilas y una zapatera, que resultaron en el fondo de la talega al derramar el agua que contenía.