Relinchaba y reía entonces la gente de la red á más y mejor, porque el Lebrato, contribuyendo sin duda á ello el buen acopio de lobinas, mubles y rodaballos que iban haciendo él y Pedro Juan en sus amplios morrales, estaba en vena, como nunca, de dicharachos, cuentos y chascarrillos graciosos. Y ésta era la salsa que llevaba tanta gente á las redes del Lebrato: la mitad más que á las que echaban en la Arcillosa misma y en el otro estero, llamado la Paserona, el Parrenques ó cualquiera de los otros rederos, harto insípidos y desanimados, del propio barrio de Las Pozas. Ir á la del Lebrato, era punto menos que ir á una comedia.

—¿De qué vus riís tanto, chacho?—preguntó Quilino en cuanto se arrimó al colero, que en aquel instante estrenaba el morral con un rodaballo no más grande ni más grueso que un librillo de fumar.

—Del horror de cosas que mos dice tío Lebrato—respondió el del rodaballo chiquitín.—¡Conchis, qué celébre que está hoy!

Y el caso es que la gente aquélla se reía por reir, las más de las veces, porque del quinto de la fila para abajo, ninguno celebraba lo que verdaderamente salía de los labios de Juan Pedro. Como tenía éste poca voz, y en aquellas ocasiones hablaba casi con la boca entre las rodillas, y además sonaban mucho el chocleteo de piernas y retuelles en el agua y el pujar y toser de los que iban cansándose en aquella postura tan incómoda, las palabras del Lebrato, por mucho que éste las esforzara, no eran oídas en toda su claridad más abajo del tercero ó cuarto de la fila; pero como allí se iba, tanto ó más que por la pesca, por oir los relatos de Juan Pedro, era ya cosa convenida que cada frase del redero fuera repetida de trecho en trecho y pasada de boca en boca hasta las orejas del último de la fila; con lo que acontecía que, cuando ésta era larga, al llegar la frase á la mitad del camino, ya no tenía punto de semejanza con la que había salido de la cabecera...

Como sucedió un buen rato después de llegar Quilino á formar la cola. Comenzando á narrar otro suceso de allá, que eran los que más embobaban al auditorio, dijo así Juan Pedro, sin dejar de andar ni de atender á lo que traía entre manos, ni de recomendar á su hijo los pocos peces gordos que se le escapaban por entre los pies ó saltando sobre el aro del retuelle:

—Amigos de Dios: una vez pillamos á un general muy runflante de las fuerzas de los chinos... porque un mandarín echó un bando con cuatro aleluyas... que, por equívoco, le sacaron de las trincheras.

Pues el período éste, emitido á trozos y dando tumbos fila abajo cada uno de ellos, de boca en boca y pescado al oído conforme á las respectivas entendederas, fué llegando á las de Quilino en la siguiente forma:

—«Se ha de ver que Pilarona le dará en resultante con la puerta en los hocicos... porque él no anda allí buscando más que las cuatro alubias y el poco lardo de la puchera.»

En opinión de Quilino, el él del cuento no podía ser otro que el mismo Quilino en cuerpo y alma. Pilara no tenía, que de público se supiera, otro pretendiente declarado que él, Quilino, y otro de intención, pero muy á la vista: el Josco. Tan á la vista, que la misma Pilara le había dicho á él, á Quilino, más de tres veces, que le abría la puerta de su casa «á resultas de lo que Pedro Juan hablara, cuando rompiera á hablar.» De modo y manera que lo del portazo «en los hocicos» se había dicho allí por él, por Quilino, ó por el Josco. Por el Josco no podía ser, porque el dicho venía del Lebrato, y el Lebrato no había de burlarse de su propio hijo delante de tanta gente. Luego era por él, por Quilino; y siendo por él, pasara lo de «la puerta en los hocicos,» porque, al cabo, nadie es onza de oro que á todos guste; pero lo de las cuatro alubias de la puchera, ¿con qué derecho se suponía y se declaraba en público como cosa cierta, siendo en su parecer, en el de Quilino, tan calumniosa?

Todas estas cosas discurrió Quilino, á su manera y en un periquete, en cuanto llegó á su oído la última frase del período copiado, con lo que se puso hecho un veneno; y dando un talegazo furibundo en la basa, pidió cuentas del dicho al mozalbete que se le había endosado, el cual respondió que como se le entregaron le había hecho correr; reclamó entonces á la estafeta inmediata, saliéndose ya para esto de la canal; mas como por allá arriba no se había dicho ni oído cosa semejante á lo que producía la protesta de Quilino, que bailaba de coraje encima de la basa, los treinta de la red le armaron una de risotadas y chiflidos, que temblaba la junquera. Cegóse con ello Quilino, y fuése en derechura hacia el Josco, que era el que más le ofendía allí, no por lo que dijera ni silbara, pues ni desplegó los labios el infeliz, ni con una mala arruga en ellos dió á entender que deseaba reirse de lo que estaba pasando; sino por ser quien era: el mozo de cuya lengua dependía que Pilarona le diera á él ó no le diera «con la puerta en los bocicos.» Pedro Juan podría ser corto para decir á una moza «por ahí te pudras;» pero á dar pronto, bien y á tiempo una castaña á un provocador, y provocador tan mal visto de él como Quilino, que podría ó no podría salirse con la suya en el empeño en que estaba metido, no había maestro que le ganara. De modo que en cuanto vió la actitud de Quilino y sintió que le temblaba un poco la mejilla izquierda, único síntoma que anunciaba en él que se había colmado la medida de su aguante, largó el retuelle y dió el primer avance para salir de la canal; pero lo observó su padre, le cortó el paso con la ayuda de unos cuantos concurrentes, y entre todos ellos le volvieron á su sitio, mientras los restantes de la red daban otra grita al desconcertado retador y le echaban hacia abajo.