Y á esto debió Quilino la fortuna de conservar por entonces todos sus dientes en la boca, y de no haber dejado aquella tarde bien estampada su persona en la basa del estero.

Del cual salió sin detenerse más tiempo que el indispensable para apañar la talega, echando espumas de rabia por la boca, y sacudiendo tan fieros talegazos contra el suelo y hasta contra sus propias zancas cuando no estaban hundidas en él, que al intentar un recuento de sus cámbaros mientras gateaba la sierra, los halló en las honduras del saco hechos una pura papilla. Esto, y el antojársele que ciertos rumores con que de rato en rato le escarbaba los oídos el espirante nordeste (que, por ser de buena casta, había de morir antes que el sol acabara de caer) eran los de la rechifla con que le despedían á él, á Quilino, los de la red, encendió nuevas iras en su pecho; trocó en desatada carrera el paso acelerado que llevaba, y buscó por el callejo más hondo el camino más breve del barrio, decidido á verse con Pilarona y á decirla cuanto antes que, «saliérale pez ú rana, aquello no podía seguir así.»

Entre tanto, los de la Arcillosa, olvidados bien pronto de Quilino con los lances de la pesca y las cosas del Lebrato, continuaban detrás de éste y su familia arrastrando el retuelle, casi siempre vacío; pero con la esperanza de mejorar de suerte más allá. Y así fué, para algunos, al llegar al remate de la canal, punto menos que en seco ya, donde los cautivos peces se habían ido refugiando al buscar una salida que sólo hallaban los que tenían la suerte de caber por las estrechas mallas de la red. Para todos los pescadores hubo algo en aquel sitio; pero tan poca cosa para los más de ellos, que sin las cuchufletas del Lebrato, el lance de Quilino y otras «deversiones de palabra» que allí encontraron, no alcanzara á consolarlos del tiempo que habían perdido, ni del dolor de riñones que les hacía renquear, de vuelta á casa.


II

EL CONFLICTO DE PEDRO JUAN

Mejor aprovechá pudo haber sido la tarde—decía Juan Pedro á su hijo mientras los dos refrescaban el pescado de los respectivos morrales zambulléndole en el agua limpia de la caldera, que para eso habían colocado sobre el poyo del soportal de su casa;—pero otras redes han dado menos, y quizaes la de mañana no dé ni tanto. ¿Te paece que habrá aquí veinte libras?