—La entrada á la cueva no hay que buscarla por ese lao, señor don Baltasar.

—¿Por dónde si no, Juan Pedro?

—Por arriba.

—¡Por arriba!... ¡Si hay casi otro tanto como desde abajo para llegar á ella!

—Corriente; pero arrepare usté por la rinconá de ese lao de la derecha... porque too ello en junto paece á modo de torre grandona, con un murio por cada costao. Por esa rinconá se hace pie onde se quiere; y como no está el peñasco á plomo enteramente, se abaja sin novedá hasta el balconuco; luégo es cosa de dos zancás á la izquierda, con el cuerpo bien arrimao al peñasco y las manos agarrás á los salientes... ¡Si no me diera Dios trabajos mayores que el de entrar ahí! Si hubo Pirata, así entraría él, desembarcándose primero en aquella playuca de allá abajo, y guiándose luégo, pa conocer la cueva dende tierra, por la monteruca que tiene encima, como pa eso solo.

El Berrugo miraba y remiraba el peñasco mientras el Lebrato iba diciendo esto. Acabó el uno de hablar, y aún siguió mirando y remirando el otro.

De pronto se estremeció don Baltasar, apartó los ojos de la cueva y sus alrededores, y dijo á los remeros:

—Todo esto que estamos hablando, es pura música sin substancia... Basta de cuevas y de mar, y vámonos para dentro cuanto antes, que también yo voy sintiendo ganas de comer.

Remaron firme el Lebrato y el Josco, y media hora después estaba la barquía dentro de la barra.