—¡Cantos abajo!—exclamó en sus adentros; y para cerciorarse mejor, preguntó al Lebrato señalando al montón:
—¿Qué es eso, Juan Pedro?
—Pos bien á la vista está—respondió el preguntado:—peñas.
—Peñas... sueltas, querrás decir.
—Peñas serán siempre, sueltas ó amarrás.
—Pues mira, así, de pronto, me parecían otra cosa: ¡como tiran á redondas y están tan amontonadas!... Vamos, que las tomé por... por cantos.
—¿Cantos gordos?
—Eso es: cantos gordos.
—Pos cantos gordos son en finiquito.
—Eso creo yo... Y ¿sabes que hubiera necesitado buenas agallas el difunto Lomias para subir á la cueva, si llega á intentarlo? Mira que, á ojo, no hay menos de cincuenta pies desde los cantos á ella... y sin un saliente á que agarrarse. ¡Debió de verse en buenos apuros el Pirata para subir y bajar tan á menudo! ¡Qué melenos, hombre, los que se lo tragaron!